En la tormenta

Los que construyen la historia

Estos días he procastinado más de la cuenta, leyendo opiniones en prensa y redes sociales sobre la muerte de Fidel. Si alguien duda de que el que acaba de morir era un hombre fuera de serie, basta constatar el alud de comentarios que ha despertado alrededor del mundo, el líder de un paisito de no más de 12 millones de habitantes. Extraordinario y, desde luego, controversial. En redes sociales, los comentarios van de las diatribas más furibundas a los sahumerios más sofocantes, sin pasar por el punto medio. Como cuando en el futbol se juega sin pasar por el medio campo: todos son tiros rabiosos a gol, a favor o en contra.

Copio a Armando Chaguaceda (Cubano amigo radicado en León) la siguiente cita de un discurso de Fidel: "Esta revolución es afortunadamente una revolución de hombres jóvenes. Y hacemos votos porque sea siempre una revolución de hombres jóvenes; hacemos votos para que todos los revolucionarios, en la medida que nos vayamos poniendo biológicamente viejos, seamos capaces de comprender que nos estamos volviendo biológica y lamentablemente viejos; hacemos votos para que jamás esos métodos de monarquías absolutas se implanten en nuestro país y que se demuestre con los hechos esa verdad marxista de que no son los hombres, sino los pueblos, los que escriben la historia" (Fidel Castro; 13 de marzo de 1966).

Castro ha sido tan importante que se convirtió en símbolo, lo que hace que, por definición, sus contenidos sean más grandes que el continente. Es además un símbolo cambiante, porque como muchos hombres, fue transformándose en el tiempo, y lo que representaba al principio no necesariamente permanece inmutable.

Para muchos de nosotros, en los años 70, Fidel representaba la tozuda resistencia a un imperialismo grosero, capaz de pasar por encima de cualquiera de nuestras naciones. Significaba también la esperanza en la posibilidad de construir algo diferente al capitalismo descarnado, el sueño en países distintos, en los que las leyes del mercado no condenaran a las grandes masas de la población a la pobreza; a la posibilidad de construir naciones en las que los derechos sociales básicos fueran la prioridad de los gobiernos.

La Revolución encabezada tercamente por Fidel tiene datos que respaldan el cumplimiento de algunas de esas promesas: Cuba dedica el 12.8% de su PIB a la educación (contra el 5.2%de México), lo que les ha permitido mantener sólo un 0.2% de analfabetismo y 14 años promedio de estudios (México 4.9 y 13, respectivamente); mantiene niveles educativos en educación básica en el rango más alto de Latinoamérica con grupos escolares de 20 alumnos y una cobertura del 100%. En salud, a pesar de las carencias, mantiene 6.7 médicos por cada mil habitantes (México sólo 2.1) y fruto de eso puede presumir resultados: mortalidad infantil de 4.5 (nosotros 11.9) y expectativa de vida de 78.7 años (nuestro país de 75.9). Cada logro en ese sentido, y los logros en otros campos, como el deporte, utilizado con eficacia como arma de propaganda, ayudaban a convertir a Fidel y su Revolución en un símbolo atractivo... para los que imaginamos un mundo más equitativo y justo.

Pero el costo que el régimen hizo pagar al pueblo cubano se expresó, principalmente en el ámbito de los derechos civiles y políticos. Dice Amnistía Internacional: "A pesar de la creciente apertura de las relaciones diplomáticas, continuaban las fuertes restricciones de la libertad de expresión, asociación y circulación. Se tuvo noticia de miles de casos de hostigamiento y detenciones arbitrarias de personas críticas con el gobierno [...] el control del estado sobre todos los aspectos de las vidas de las personas en Cuba sigue siendo una realidad". Este control sobre todas las cosas–la política, la economía, la educación– construyó un sistema en el que muchos de los defensores externos del régimen estarían poco dispuestos a admitir en su propio país. Cuba no ha ratificado los tratados internacionales en materia de derechos civiles y políticos; existen solo 4 estaciones de radio en el país, todas estatales y el acceso a internet está controlado. La prensa escrita es tan oficialista y aburrida como El Nacional en sus perores tiempos. La constante migración y los bajos índices de natalidad la están convirtiendo en una nación vieja (41 años media, vs 28 de México). Al final los logros sociales de la Revolución se van haciendo chicos frente a la falta de libertades y de una sociedad civil crítica y activa, que no se mueva por consignas. No creo que la libertad de mercado sea, ni con mucho, la más importante de las libertades, pero cuando un estado autocrático tiene la facultad de darte o no trabajo; de darte o no vales de comida, decidir si tienes acceso o no a estudios universitarios o a escoger incluso los campos de estudio y los temas a los que puedes dedicar tu tesis, la libertad de elección personal se restringe radicalmente.

¿Era posible otra Revolución? Los defensores del hombre, Fidel, postulan que, frente a la hegemonía del capitalismo, no era posible construir una alternativa, sin desterrar por la fuerza a los que se oponían a la Revolución; pensar lo contrario es infantil. Puede ser, pero al menos habría que dejar que los sujetos de la historia, fueran los hombres y las mujeres, dejados en libertad de elegir opciones, de opinar, de oír y escuchar otras voces.

A mí la muerte de Fidel me causa una especie de tristeza nostálgica. Me duele porque cierra un capítulo que empezó con esperanza, la de los jóvenes barbudos entrando en La Habana, que era también nuestra esperanza. No creo que el joven Fidel, montado en un carro de combate, entrando a la capital, fuera capaz de adivinarse a sí mismo en la patética imagen de sus últimas fotos, todavía gobernando. El joven Fidel, símbolo de la imaginación creadora que puede pensar un mundo diferente: el viejo Fidel y su aparato burocrático, incapaz ya de imaginar alternativas al dogma que él mismo ayudó a fosilizar, como recordatorio de cómo se desvirtúan y se vuelven artríticas las utopías.

No renuncio, con todo, a seguir creyendo en otro mundo posible. Pero no hay solución verdadera que no respete la idea de que no son los hombres, sino los pueblos –con instituciones y herramientas reales para una expresión y participación democrática– quienes escriben la historia.