En la tormenta

La admiración por los bandidos

Todo México indignado, por la fuga del Chapo. Eso, palabras más o palabras menos, titularon varios diarios al día siguiente de saberse la noticia. Pero la parte de México que me queda cerca y la que se me aproxima en las redes sociales y otros medios, me dice que, aunque hay indignación –y es políticamente correcto expresarlo–, lo que domina es más cierto ánimo festivo, un poco por la sorpresa y franca admiración al delincuente ingenioso y otro poco por el gusto de ver ridiculizado al gobierno. Debo aclarar, llegado a este punto, que mi percepción del ánimo ciudadano no está fundamentada en ninguna metodología científica y rigurosa como las que pueden utilizar las confiables casas encuestadoras que predijeron los resultados de las últimas elecciones (y se equivocaron en todos) Pero le aseguro que usted también percibe algo de este ánimo de chacota en el ambiente. Como de risita escondida, como de gustito.

¿No deberíamos estar más bien asustados por la liberación de un criminal de esas estatura? (estatura delincuencial, se entiende). En una encuesta de Mitofsky, más del 50% de los mexicanos considera que las cosas seguirán igual en México, con el Chapo fuera o adentro. Un 14% más considera que incluso se mejorará el clima de violencia (saldrá a poner orden). Hay más de un experto que opina lo mismo. Yo, sin ser experto, me sumo. Durante el tiempo que el Chapo estuvo en el penal de alta seguridad pudo concretar nuevas alianzas con otros capos, según reconoce un reporte de seguridad del mismo gobierno. La misma fuga es una muestra de que pudo operar desde la prisión la construcción de un túnel con mayor eficacia y precisión que el gobierno del DF una línea del Metro.

Pero hay un asunto que me parece más grave que es la franca simpatía que muchos mexicanos sienten por el Chapo. Estoy seguro que si Mitofsky se hubiera atrevido a preguntar: ¿quién le cae mejor, Peña o el Chapo?, Guzmán Loera gana. En México tenemos una tradición muy arraigada de admiración al bandolero; no sé si haya otros países con tantos hombres famosos por su capacidad para desafiar a las autoridades establecidas. Muchos de estos ladrones encuentran justificación social en su origen (su primer crimen fue en defensa de la honra de su hermana, de su madre, o de cualquier otro agravio de los poderosos) o en un discurso justiciero que se concreta frecuentemente en su generosidad para repartir lo robado entre los pobres.

Jesús Arriaga alias Chucho el Roto, de finales del siglo XIX es enviado a la cárcel por las influencias de un hombre adinerado que resultaba ser el padre de la joven que llenaba las pupilas del protobandido. Chucho raptó a la niña y terminó en la cárcel de San Juan de Ulúa, a pesar de haber devuelto el cuerpo del delito. Pero he aquí que escapó de ese penal de alta seguridad –a pesar de que dichas instalaciones cumplían con todos los requisitos de seguridad de la época– y asoló los alrededores de la Ciudad de México durante más de una década, con asaltos y fraudes ingeniosos contra los bienes públicos y privados; para repartirlos entre los pobres, entre sus gavilleros y guardando para sí lo suficiente. Cualquiera que vaya a Veracruz y visite San Juan de Ulúa notará la admiración que todavía suscita entre la gente este ínclito bandolero.

De la tierra del Chapo, Heraclio Bernal alias El Rayo de Sinaloa, puso de cabeza la región de Mazatlán, los Mochis y Culiacán a finales del siglo XIX y principios del XX. Es ladrón de origen, pero como siempre sucede, en su primera prisión recibió sus mejores aprendizajes. En el caso de Heraclio no sólo conoció gente del bajo mundo sino intelectuales revolucionarios que lo dotaron de un discurso emancipador. Ingenioso y evanescente se hizo tan famoso que el mismo Porfirio Díaz ofreció recompensas por su captura. Cuenta Ricardo Raphael en “El Otro México”, que escondido en una cueva, herido, le pidió a su compadre que lo denunciara para que cobrara la recompensa y el dinero lo repartiera entre los pobres. Parece ser que el compadre obedeció, pero solo a medias: cobró la recompensa, pero se le olvidó repartirla.

La historia de la muerte del Rayo es asombrosamente parecida a la leyenda de otro bandido social: Jesús Juárez Mazo, acaso será el mismo. Albañil de origen, ladrón justiciero, acabó sus días el tres de mayo de 1909, día de la Santa Cruz, y fue mejor conocido como Jesús Malverde. También su compadre avisa de su ubicación, donde yace con la pierna gangrenada. Apresado, es colgado de la rama de un mezquite y expedidas órdenes terminantes del gobernador para que no se descolgara el cuerpo. Mucha razón tenía el gobernante, porque Malverde fue capaz de introducirse en su recámara y robar una espada mientras el político dormía. Cuenta la leyenda que unos arrieros se encontraron de sopetón con el cuerpo descompuesto y salieron corriendo, abandonando sus mulas cargadas con metales preciosos. Uno de ellos regresó serenado y angustiado por la pérdida de la carga. Le ofreció al cadáver darle sepultura si le ayudaba a encontrar a sus mulas y no tardó más en prometer, que las mulas en aparecer. El arriero marcó con piedras blancas la tumba y con el pasar del tiempo y otros sucesos extraordinarios Malverde es hoy el patrono (no oficial) de los narcos, y requerido por muchos creyentes en sus milagros.

Estos tres bandidos son contemporáneos de otro, más famoso, y que logró trascender el régimen Porfiriano y entrar a las clase de historia de la primaria: Doroteo Arango. Y como ellos, muchos otros –más libertarios unos, más bandidos otros–, figuran entre los personajes admirados del pueblo, muchas veces sobre los héroes que pueblan los libros de texto. Todos ellos tienen en común su capacidad para desafiar a la autoridad. Entre un gobierno que es incapaz de resolver los problemas del pueblo, que miente, que roba, que defiende los intereses de los poderosos, no es difícil identificarse con el bandido que se les opone y que algo reparte, cargando con su crueldad y saña pero sin presumirse honrado.

Al final la pregunta es: ¿Vale la pena insistir en una estrategia que gasta billones de pesos en capturar a delincuentes a los que ni siquiera puede retener y con lo cual y sin lo cual la cosa sigue tal cual? ¿No deberíamos poner como prioridad la construcción de instituciones confiables, que nos llevaran a crear un país equitativo en el que sea más fácil identificarse con los gobernantes que con los bandidos? ¿No podemos, cuando menos, discutir sin politizar la cuestión, nuevas alternativas al juego de policías y ladrones?

david.herrerias@propuestacivica.org.mx