En la tormenta

Riquezas explicables

Este país es como un barco. Pero no como esos cruceros de lujo que los mirreyes mexicanos abarrotaban mientras oteaban las costas brasileñas durante el mundial de futbol. Es más bien una nave como las pateras atestadas de inmigrantes africanos que tratan de alcanzar tierras europeas.

Un barco frágil, con la mitad de los pasajeros permanentemente por debajo de la línea de flotación; nadie sabe cómo sobreviven sin ahogarse. Otro 40 por ciento de los nautas viaja en segunda. No permanecen sumergidos pero están sujetos siempre a los vaivenes marinos, con posibilidad de caer por la borda o bajar intempestivamente a los pisos submarinos de la embarcación. Su mente no se desentiende de esos peligros, pero se ocupa con mayor empeño en buscar la manera de subir a la parte superior, donde están los que no se mojan, los privilegiados. Siguiendo al sabio Arquímedes podemos decir que gracias a la masa de carne humana sumergida, que desplaza suficiente agua para mantener fuera de ella a una parte de la embarcación, un 10 por ciento se ve favorecido y viaja sin tener que preocuparse por el agua, más allá de uno que otro salpicón inevitable que los obliga a sacar el pañuelo para secarse la frente o limpiar sus lentes.

Así ha estado diseñado este país, desde siempre. Desde los imperios precolombinos y después durante la colonia. Contra ese estado de cosas se hizo la Independencia y después la Revolución. Y cuando se calmaron las aguas agitadas, cambiaron las cabezas, pero se mantuvo el diseño básico. Un país que tiene garantizados todos los derechos para todos... los que tienen membresía de ese club de privilegiados. La ley no se aplica por igual; las salud, la educación, la posibilidad de viajar... son radicalmente diferentes.

En un país en el que generalmente las leyes funcionan mal; cuando las oportunidades y los derechos dependen del criterio o del humor del rey, o del partido, o del burócrata en turno; la clave está en tener los privilegios que pueden inclinar la balanza. Esos privilegios los da, principalmente, el dinero, los puestos políticos... o los dos. Como los jueces son corruptibles, lo importante es tener con qué doblarlos; como la salud es deficiente lo importante es tener con qué irse a Houston, o asignarse seguro de gastos médicos mayores con cargo al erario, o ya de perdis lograr acceso a habitaciones de privilegio en los hospitales públicos. Como las licitaciones son amañadas y los procesos poco confiables, lo importante es tener los amarres adentro del sistema para lograr los contratos. 

El juego consiste, entonces, en formar parte de este exclusivo club de privilegiados, y para entrar hay varias vías. Una de ellas es apostar por construir una fortuna personal, levantarla con trabajo y con esfuerzo – y también con relaciones, apoyos y herencias que dan la familia y los amigos que ya son socios del club –. Otra, la más expedita y socorrida, es construir una fortuna personal aprovechando las relaciones y privilegios que dan el pertenecer o estar bajo la sombra de la clase política. Los que optan por la primera vía, se han logrado colocar ahí, generalmente, a través del esfuerzo de varias generaciones. Los segundos sorprenden por la rapidez con la que logran el acceso al club de los privilegiados. La política en México se ha entendido casi siempre como un mecanismo para obtener su membresía al club de privilegios, no como un espacio para el servicio. Varias de las principales fortunas en el México actual son muy recientes y tienen su origen en la relación entre negocios privados vinculados al poder público: licitaciones amañadas, información privilegiada, compra de empresas estatales a precio de remate.

Por eso tienen razón Hank González, Romero Deschamps, Elba Esther, Raúl Salinas, Andrés Granier, Tomás Yarrington, Humberto Moreira, Fidel Herrera, Arturo Montiel y cientos, miles más, al molestarse cuando la gente malintencionada dice que sus fortunas son inexplicables. Pueden ser inmorales, pero inexplicables, no. Se explican perfectamente estas riquezas mal habidas en un país en el que un ex gobernador como Carlos Hank pudo decir con desparpajo: “un político pobre es un pobre político”, sin que la tuerta justicia pestañeara tantito. El insigne maestro, fundador del grupo Atlacomulco, al que pertenecen Peña y sus amigos, era un pobre maestro rural que tuvo la fortuna de entrar al PRI – gobierno y desde ahí asignarse contratos que le permitieron fundar un imperio de autotransportes.

No soy de los que piensan que todos los políticos son iguales – los conozco honorables y serviciales – pero la política en México sigue siendo el medio más fácil para enriquecerse, y en lo que el nuevo secretario de la Función Pública encuentra las mejores definiciones sobre conflicto de interés, nuevas fortunas muy fácilmente explicables se están amasando.

Lo que no se explica tan fácilmente es porqué los seguimos aguantando, porqué no nos hemos rebelado. ¿Será pura mansedumbre? ¿o será porque al final del día tenemos miedo a perder el lugar que algunos tenemos ya en ese club de privilegio? ¿o porque aunque somos de segunda  nos contestamos cuando nos toca en la baraja alguno de esos privilegios? ¿o porque le creemos a Peña eso de que como es “cultural” no se puede erradicar? ¿o todas las anteriores?

Podemos decir que no siempre elegimos entrar a este club de privilegiados, o que nosotros no diseñamos este sistema perverso que hace navegar a unos y bucear a otros. Pero los que estamos en el club, porque tenemos poder (económico, académico, político) tenemos la responsabilidad mayor de contribuir para cambiar, de una vez por todas, este maldito barco.  

david@propuestacivicagto.org.mx