En la tormenta

Religión y violencia

"La ética nace de las religiones, pero luego estas deben criticar a la madre: para evitar que algo tan valioso como la fidelidad se confunda con algo tan monstruoso como el fanatismo".
J.A. Marina

Las religiones son creaciones humanas, productos culturales. Muchos seres humanos hemos tenido y tenemos la experiencia de algo que está más allá de nuestra capacidad de comprensión, la experiencia del Misterio. Por su propia naturaleza, ese Otro, es inasible y necesitamos crear símbolos que nos ayuden a comprender y rituales que nos ayuden a entrar en contacto con Él. Los creyentes estamos ciertos de que esta comunicación se da efectivamente, que hay revelación; pero la forma de entender lo revelado está necesariamente mediada por la cultura. No es casualidad el papel que tiene el elefante en las religiones hinduistas, la paloma en las religiones judeocristianas y el jaguar en las mesoamericanas. Cultura y religión no solo se influyen sino que son prácticamente indisolubles.

Las religiones son –además de vehículo para la experiencia del Misterio– modelos de comportamiento. Crean campos valorales, propuestas éticas, que impactan en las culturas. Pero sus huellas no son siempre fáciles de rastrear porque las culturas en las que una religión se asienta tienen estructuras preexistentes de pensamiento que modifican a las creencias mismas, especialmente en sus contenidos de moral y costumbres. Cuando se habla de la cultura occidental cristiana, es claro que los valores originales del cristianismo están presentes, aún en las sociedades más secularizadas de occidente; pero al mismo tiempo hay valores y formas culturales que no provienen propiamente del cristianismo, sino de la cultura grecolatina. Muchos contenidos éticos, formales, cultuales de las diferentes formas de cristianismo no son sino adaptaciones de aspectos culturales que los europeos, especialmente los romanos, tenían antes de la hegemonía del cristianismo en el siglo IV. Muchas otras se han incorporado a lo largo de los siglos: los ornamentos papales, por ejemplo, tienen que ver más con las cortes renacentistas que con los orígenes del cristianismo.

Este enredo hace que con mucha facilidad se culpe a las religiones de prácticas y acciones que no necesariamente tienen que ver con su influjo. Un ejemplo que nos ayuda a ilustrar muy bien esta confusión es la ablación del clítoris que se aplica a las niñas del centro de África. Me he cansado de escuchar que es un práctica propia del islam y que su origen es religioso. Efectivamente, Somalia y Mali son países en los que la mayor parte de las niñas sufren de esa intervención y son musulmanes; pero en Etiopía y Eritrea, en donde la mayoría son cristianos, entre el 75 y el 88% de las niñas lo sufren también. Algunos de los padres y madres que someten a sus hijas a esta mutilación, creen estar cumpliendo con un precepto religioso, pero no hay ningún texto sagrado que lo ordene. Resulta que esta práctica cruel existía en esos pueblos de África antes de la llegada de los musulmanes y aún de los cristianos; formaba parte de la cultura. Aunque en algunos casos se la ha dado un contenido religioso a esta costumbre, con o sin religión, se seguiría practicando.

Pero es verdad, como dice el epígrafe, que la fidelidad es fácil convertirla en fanatismo. Las religiones pueden ser causa de la violencia, lo han sido en muchas ocasiones, y cuando se mezcla religión y violencia, esta es más destructiva. Pero hay que ser capaces de tejer fino cuando de echar culpas se trata: muchas veces la violencia no tiene que ver tanto con las religiones sino con individuos, pueblos o países violentos –pertenecientes a una religión particular– que entran en conflicto y ejercen la violencia. Las religiones tienen una gran capacidad movilizadora y han sido a lo largo de los siglos, también constructoras de paz positiva. Pero ofrecen la coartada perfecta para empresas de moralidad dudosa. Nadie en su sano juicio puede creer que en realidad los Reyes Católicos arriesgaron el contenido de sus arcas reales solo por ir a convertir a los infieles. El motivo sustancial fue claramente el lucro y la religión ofrecía la justificación perfecta. Si los europeos hubieran encontrado un pueblo ya cristiano, igual los hubieran conquistado y sometido.

La simplificación más atroz, en las circunstancias actuales, es equiparar el islam con el terrorismo, o reducir los conflictos en Siria y en medio oriente a conflictos religiosos o al "choque de civilizaciones". El significado de Yihad es "esfuerzo para la propia perfección" y la gran mayoría de los musulmanes lo entienden así. El conflicto en Siria, es ante todo político y hay que decir que los ingredientes para ese caldo explosivo fueron donados generosamente por las potencias europeas y por los Estados Unidos, no por sus ímpetus evangelizadores, sino por sus intereses económicos y territoriales. Los norteamericanos apoyaron desde sus inicios a Al Qaeda (de donde surgiría el estado Islámico) a sabiendas de que eran fundamentalistas, pero fundamentalistas útiles porque peleaban contra los soviéticos en Afganistán. Estos fundamentalistas, por su parte, no tenían reparos en recibir dólares con la leyenda "In God We Trust", ni tenían prisa por decapitar a los infieles que se los entregaban en efectivo o convertidos en armas, incluso químicas. Los rusos, por su parte, no sostienen al dictador sirio por su fe chiíta, sino por el interés en un puerto que les da salida al mediterráneo.

El fanatismo de los jóvenes reclutados por Isis hace el coctel más explosivo y peligroso para los europeos, pero reducir el problema del medio oriente a un conflicto religioso, no ayuda a entenderlo. Provoca la generalización y que se etiquete a mil 500 millones de personas –musulmanas todas, pero con diferentes culturas y nacionalidades– provocando discriminación y más marginación. Pero además le da la coartada perfecta a las derechas europeas para eludir la autocrítica y justificar cualquier reacción, por violenta que esta sea, contra las minorías así etiquetadas, que buscan huir del mismo enemigo, musulmán como ellos.