En la tormenta

Mixofilia y mixofobia en las ciudades

La semana pasada el Observatorio Urbano de León presentó un análisis sobre los índices delictivos en el municipio. El trabajo no es una construcción de información nueva, sino una recolección de datos ya existentes pero ordenados y puestos de forma que nos permiten evaluar cómo vamos. La conclusión básica es que, si nos comparamos con ciudades de nuestro calibre, no estamos tan mal, pero lo preocupante es que casi la totalidad de los indicadores van a la alza.

Como parte del análisis el Observatorio apunta varios factores en contra: a) La falta de credibilidad y desconfianza hacia las instituciones, en especial hacia las de seguridad pública, procuración y administración de justicia; b) Pautas persistentes de discriminación y segregación social a grupos específicos de población y c) Escasa distribución de la riqueza y su concentración en una proporción mínima de personas, que ha generado 52% de población en situación de pobreza. Y después de la cifras propone soluciones generales que fácilmente podemos suscribir: política integral de prevención, policías comunitarias, seguimiento colegiado de las acciones y logros en la materia, etc. Un aspecto que no aparece y que me parece habrá que seguir, es la relación entre la planeación urbana y la seguridad.

Uno de los motivos para construir las grandes poblaciones fue el de la protección: ciudades amuralladas contra los peligros exteriores. Pero – como anota bien Zygmunt Bauman – pareciera que el miedo se ha trasladado a la médula de nuestras ciudades. Nuestros centros urbanos, cada vez más grandes y diversos son, según el mismo Bauman, espacios para la mixofilia (el gusto por convivir con los diferentes) y la mixofobia (el miedo a los diferentes). Nuestras metrópolis son espacios convocantes para el que quiere huir de la monotonía de la vida rural y vivir la experiencia de la diversidad o lugares inquietantes donde se nos obliga a vivir demasiado cerca de los otros;  son la oportunidad para construir relaciones más ricas y atrayentes al convivir con los y las diferentes o –más frecuentemente –  la expresión local del miedo global a los otros, los amenazantes, los que no son gente-como-uno.

Esos, los otros, son frecuentemente los que el mismo sistema económico ha desechado, los parias que son lanzados al margen. La ciudad se debate entre la mixofilia y la mixofobia, como dos fuerzas, integradora una, excluyente la otra. En León, y en la mayoría del país, la mixofobia es la que domina el crecimiento urbano. La metástasis urbana se extiende de ghetto en ghetto; colonias fortificadas que avanzan y expulsan siempre hacia los bordes a los otros, a los peligrosos, a los indeseables. Ciudad de lunares infranqueables, de cercas y muros rozados por avenidas hechas para los autos retraídos que circulan con las ventanas cerradas. Zonas cuidadosamente aisladas de los otros crecimientos habitacionales: caóticos, polvosos, inaccesibles, amenazantes.

No es un asunto que tenga que ver nada más con bardas, plumas y guardias. Tiene que ver con la forma en que abrimos y conectamos a la ciudad. En León tenemos un ejemplo muy claro: se planea hacer un paso vehicular que costará cerca de 800 millones de pesos para conectar a unas cuantos fraccionamientos mientras la mayor parte de los polígonos de pobreza de la ciudad se conectan al centro a través de pequeñas calles. Un paso vehicular para unos cuantos fraccionamientos, mientras 70 mil habitantes de Las Joyas tiene un acceso de dos carriles. Un paso vehicular para ahorrar minutos a los exasperados automovilistas, mientras que los habitantes de los polígonos de pobreza ocupan de dos a tres horas diarias para llegar a sus centros de trabajo. Las vías de comunicación y el transporte acentúan la sensación de exclusión: adentro y afuera; avenidas con concreto contra calles de tierra; distribuidores viales contra arroyos de aguas negras.

“La paranoia mixofóbica – nos dice Bauman – se alimenta de sí misma y actúa como una profecía que lleva en sí el germen de su cumplimiento [...] Homogenizar los barrios y después reducir al mínimo indispensable todo comercio y comunicación entre ellos, es la receta infalible para intensificar y avivar el deseo de excluir y segregar”. Los habitantes de la ciudad “bonita” no visitan  los polígonos de pobreza: los habitantes de los polígonos son vistos como sospechosos en la ciudad amurallada. Los jóvenes de clase alta apuntan siempre como objeto de sus temores a cualquiera que parezca cholo o albañil: un joven de clase baja circulando por una colonia de clase alta le teme más que nada a la policía.

Una cosa es ver los polígonos de pobreza como espacios externos a los que hay que llevar algunos servicios, o como zonas de riesgo que hay que conjurar para que los jóvenes que los habitan no “bajen” a  la parte bonita y nos amenacen; y la otra es un esfuerzo urbanístico que procure integrar a esas zonas y a la ciudad en su conjunto de forma más transparente, una ciudad para todos y todas, que aliente la mixofilia.

Sería interesante que el Observatorio de León – u otros observatorios que deberán seguir surgiendo – pudiera seguir el tema de la seguridad desde la perspectiva de la estructura urbana. Como sea, es de agradecer que el Observatorio persista. Lástima que la reacción de la Alcaldesa, aún antes del leer el informe, fuera de descalificación, porque a decir de ella, el “Observatorio está molesto porque el Ayuntamiento no le dio recursos”. Todo esfuerzo sistemático de observación de la Ciudad y del quehacer gubernamental debiera ser agradecido y ponderado. Y en su caso, discutido y rebatido con datos y con argumentos.

(Citas de Zygmunt Bauman: “Tiempo Líquidos”, Tusquets Editores)