En la tormenta

Manual de pretextos frente a un desastre

Para hacer una estructura de madera que protegerá mi huerto, quise tratar con diesel y chapopote las tablas, de forma que éstas resistieran el paso del tiempo. Para eso tuve la brillante idea de hacer un recipiente en el que pudiera ahogarlas en el líquido. Compré dos metros de tubo grueso de pvc, le pegué una tapa por un extremo, lo llené del diesel y sumergí las tablas en pequeños grupos. Pero resulta que en uno de los cambios de tablas, una de ellas resbaló con demasiada fuerza dentro del tubo, golpeó la tapa que estaba en la base, la rompió, y un instante se derramaron unos 10 o 15 litros del combustible en el piso de mi taller. Un charco irregular, oleoso, oloroso y horroroso, que se expandió y se coló entre las maderas amontonadas, debajo de las mesas y en cualquier resquicio que los desniveles del piso favorecía. Un desastre. Es el mayor derrame de hidrocarburos que he ocasionado en mi larga vida.

Obviamente, lo que siguió fue la penitencia: más de una hora de rodillas, con un jalador, tratando de regresar el evasivo líquido a una cubeta. Como debe suceder en las penitencias, el transcurso de su cumplimiento es un tiempo para la reflexión: Aunque ocupado y centrado en la tarea, mi mente se distraía con pensamientos diversos. Entre muchas otras cosas, cavilaba sobre la forma de comunicar el penoso hecho a mi señora esposa. No es que me regañen seguido, pero podía prever al menos una buena risita de esas que raspan la autoestima, y después la filtración del hecho a mis hijos, que harían del tema, conversación para la siguiente comida, convirtiéndome en la diana de sus bromas de sobremesa. Quizás estimulado por los efluvios del petróleo, me dije: David, no tienes que inventar el humo negro. Piensa en tus gobernantes: toda la vida hacen tiraderos, generalmente peores que el tuyo, y salen siempre ilesos. A los que más mal les va, después de desastres muy mayores, alcanzan embajadas o diputaciones.

¿Qué haría uno de mis políticos favoritos en una situación similar? Esa era la pregunta creativa. La respuesta más fácil que se me vino a la mente: acabo de limpiar todo y no digo nada. Lo malo es el olor. Lo malo son mis hijos, que usan el taller. El día menos pensado, entran, huelen y al rato empiezan a fijarse en los manchones en las patas de los muebles. Mis hijos son como las ONGs, me van a echar de cabeza y va a ser peor.

Bueno, pensé, aunque ya sé que a fin de cuentas me van a descubrir, puedo iniciar la comida, alabando mi disposición a la transparencia, como algo que distingue mi actuar y mi proceder, dejarles caer algo de información como: “A propósito, si huelen un poco a diese en el taller, es que se cayó un poquito. Pero si quieren saber más sobre el asunto, estoy a su disposición, siempre y cuando lo soliciten por escrito”. Desde luego que ampliaré y pondré poner a su disposición aquella que no dañe mi prestigio y autoestima. Toda esa información se reserva 10 años. Lo bonito de la transparencia es poder dejar salir la información suficiente para que se queden contentos, pero no tanta como para que te hagan daño. El temor en esta opción es que los huecos de la información los llenen con cosas peores.

La tercera idea que se me vino a la cabeza ya estimulada por el diesel, fue la de crear una comisión investigadora. “Mi amor – le diré – he tenido que cerrar el taller por motivos que no te puedo explicar muy bien. Pero he girado ya instrucciones para que se integre un equipo de trabajo que estudiará las posibles causas de lo que no te puedo explicar, y que determinará responsabilidades para que en un término no mayor de seis meses se pueda usar de nuevo el espacio”. Pensé en ofrecer una compensación monetaria a los que tendrían que usar el taller en esos meses, pero me pareció excesivo. En esos seis meses seguro encontramos algunos chivos expiatorios: los tubos no eran de las especificaciones que me dijeron en la ferretería; la madera estaba muy verde y pesada, etc. Podemos hasta organizar mesas de análisis con mis hijos para mantenerlos ocupados echándole la culpa alternativamente al fabricante de tubos y al de las maderas... Suena viable, pero no creo que mi familia se lo trague. La cuarta: Inventar algo que ayude a disfrazar el desastre.  Le diré a mi esposa: “¿Te acuerdas de que alguna vez dijimos que el piso del taller estaba como ceniciento, feo? (¿no te acuerdas? Yo si me acuerdo que te preocupaba eso) ¿Pues qué crees?. Que hoy, justo antes de irme a la oficina le di una trapeadita con diesel y quedó brillantísimo. Claro que huele un poco, pero todo sea por la estética”. Esta resultaba menos creíble que las anteriores. Mi esposa es sospechosista y desconfía siempre de las obras que surgen de la nada, sin estar en el plan de gobierno y mucho menos en mis hábitos cotidianos. Además mi prestigio técnico – si alguna vez existió – puede quedar en entredicho cuando se compruebe que junto con el diesel usé también chapopote para abrillantar el piso.

La quinta: Lo que se necesita es un poco de labia: “Te informo que pusimos en marcha un programa de punta para el tratamiento por inmersión en hidrocarburos fósiles para especies maderables de ultra vanguardia, que no solo resolverá nuestras necesidades inmediatas de madera, sino que nos ubicará en la cúspide de la producción de infraestructura para huertos familiares en el país, etc., etc. Claro – le diré – como todos los que estamos abriendo brecha, rompiendo fronteras, tenemos que asumir ciertos riesgos, mínimos, pequeñitos daños colaterales, insignificantes contra los avances que acabo de reseñar”. Imaginé dos escenarios al final de este discurso: uno ella aplaudiendo. El otro, haciendo un breve silencio y preguntando con voz firme: ¡¿Ahora qué hiciste?! La más probable es la segunda. Me conoce demasiado. (Pregunta al margen: ¿porqué si conocemos demasiado a nuestros políticos a veces sí les funciona a ellos?)

Todo eso pensaba mientras fregaba el piso. Al final, he de confesar que mi querida esposa es casi tan tolerante conmigo como el pueblo mexicano con sus políticos. –Sabes qué? –le diré –. Hice un desastre en el taller, pero me dio para escribir este artículo ¿cómo ves?

david.herrerias@propuestacivica.org.mx