En la tormenta

Lloviznas y Plazas de la Ciudadanía

En todo el territorio nacional han llovido muchos pesos para atender a las colonias populares. En muchos casos esos recursos fluyen a las coladeras sin haber logrado hacer gran cosa, solucionando necesidades puntuales, pero sin dejar suficientes sedimentos y cambios profundos. El Consejo Nacional de Evaluación de la Política Social (CONEVAL) dice en el resumen de su informe 2014: “el ingreso real de las familias ha caído desde 1992 y en 2014 no recupera el nivel que tenía en 2007; la calidad de los servicios educativos y de salud es aún insuficiente para la población con menos ingresos; los programas productivos no han tenido resultados adecuados y la productividad de los pequeños productores es muy baja; se observa una gran dispersión de programas sociales en los tres órdenes de gobierno”.

Algunos de estos problemas en el combate a la pobreza tiene que ver con soluciones estructurales de gran alcance y de políticas económicas que van más allá de la aplicación de programas remediales contra la pobreza. Pero una buena parte del problema en la aplicación de los recursos tiene que ver con la última frase: “la dispersión de programas sociales en los tres órdenes de gobierno”. Los apoyos a las colonias populares llegan muchas veces como lloviznas, separadas por periodos grandes de sequías. En los polígonos de pobreza hay muchas lloviznas estacionales, como las clásicas del invierno – cobijas y juguetes para los niños – y lloviznas chiquitas, pero de todo el año: comedores comunitarios, becas, uniformes, uno que otro concierto gratuito, una obrita de teatro. Todos sabemos que una llovizna, cuando mucho, aplaca el polvo pero no da para hacer florecer un huerto. Las lloviznas aisladas por la tarde o por la mañana, como dirían los meteorólogos, si no crecen de intensidad y sobre todo, si no se articulan con lluvias un poco más fuertes, terminan evaporándose.

A una colonia popular en León, por ejemplo, llega el DIF municipal con algunos programas y con su llovizna de dádivas; llega el programa Impulso, estatal; llega el INEA y/o el INAEBA; llegan programas de becas, programas de salud, para la Mujer, etc. etc. Y además de todos ellos, llega el trabajo de las organizaciones civiles, muchas de ellas también con programas solo asistenciales. El fenómeno produce esa sensación de lluvia de programas desvinculados que atienden a las mismas personas y que a veces hasta se duplican, con una visión generalmente corta, de corto plazo, de acciones puntuales que desvinculadas de procesos más cuidados en las personas tienen efectos transformadores muy limitados.

Algunos de los frutos mal formados de estos temporales de lluvia inconsistente, son los grandes grupos de la población marginada especializada en “pepenar” beneficios sociales: los habitantes en estos polígonos expertos que terminan recibiendo beneficios en todos y cada uno de los programas de apoyo, pero que nunca terminan por alcanzar su autonomía. Muchos de ellos forman la carne de cañón de los partidos políticos en el poder y aparecen en todas las inauguraciones echando porras y agitando banderitas.

Pero el principal problema tiene que ver con la ineficacia para sacar a las personas de su situación de pobreza. Los comedores comunitarios, por ejemplo, como un programa aislado de uno educativo y de trabajo, crea solamente clientes eternos que no crecen humanamente. Programas de becas separados de programas de atención a la violencia intrafamiliar, a la formación escolar de los progenitores, son mucho menos efectivos. Algunos recursos destinados a la prevención del delito, por ejemplo, se otorgan a empresas que sin ninguna experiencia organizan (o simulan que organizan) torneos deportivos, conciertos o pláticas sobre sexualidad, crecimiento humano y un sinnúmero de actividades aisladas que tienen un éxito solo momentáneo, que engordan las estadísticas, pero que producen efectos nulos de largo plazo.

La única forma de alcanzar cambios en las personas es mediante procesos profundos, integrales y continuados. Esto se logra mediante proyectos estables, de largo plazo, que permanezcan en las colonias; proyectos articuladores en los que se pueda dar atención a las personas de acuerdo a sus necesidades sentidas y de forma continua e integral. Cuando se cuenta con planes así, los apoyos puntuales de las dependencias o de varias organizaciones civiles se integran a un proceso formativo y rinden mayores frutos. Por otro lado, estos espacios, al enlazar los apoyos de diferentes instituciones de manera más eficiente, permiten trabajar no solo con los individuos, sino con las familias en su conjunto. De poco sirve que se dé una beca a un niño, cuando la familia en su conjunto está en una crisis profunda; es difícil lograr algo con el hijo menor, aunque  sea una orquesta, si todos los hermanos arriba de él están ya en el narco.

Algunos de estos proyectos existen, bajo la forma de centros comunitarios de organizaciones de la sociedad civil, aunque no siempre se logra la articulación con los programas sociales gubernamentales. La propuesta de las Plazas de la Ciudadanía, la más relevante de la presente administración municipal,  se puede convertir en el lugar para estos proyectos articuladores: que ayuden a coordinar los esfuerzos de todas las instancias públicas que trabajan en un polígono. Para esto, hace falta superar la idea de que la infraestructura por sí misma combate a la pobreza, diseñando planes de promoción popular a partir de ellas. Y lo más importante: involucrar a las organizaciones de la sociedad civil con experiencia y a las personas de la comunidad en su gestión, evitando la tentación de convertir todos los programas e inversiones que se hacen en las colonias populares, en el lugar privilegiado para que los mapaches y operadores políticos traten de cobrar los réditos electorales de la inversión que hizo el partido en el poder en esos espacios. 

david.herrerias@propuestacivica.org.mx