En la tormenta

Homenaje a los burócratas

No he podido dormir. Debe ser que esta semana ha sido especialmente intensa en mi relación con el SAT. Una bilis densa y oscura se ha apoderado de mi espíritu, y cada vez que cierro los párpados se me aparece la imagen de un burócrata. Burócrata, nos dice la real Academia, es una persona que pertenece a la burocracia. Burocracia, viene de "bureau" escritorio u oficina. Eso ya lo sabíamos. Pero la realidad es que burócrata se usa como sinónimo de empleado de gobierno y como adjetivo despectivo se refiere a un individuo, que está detrás de una ventanilla y dice con voz nasal: "siguiente" antes de que acabes de darle las gracias por poner un sello en un papel. Pero para efectos de este artículo entenderemos como burócrata a cualquier persona que da un servicio al público (o que debiera dar un servicio al público) pertenezca a una oficina pública o privada, y que se distinga por esa actitud que nos dice con su mirada: "no me importa en lo más mínimo ni usted ni el problema que trae entre manos". Ser burócrata, más que un puesto, es una actitud, una forma de ser, un estilo. Se es burócrata incluso cuando no se tiene interacción directa con los usuarios, cuando se diseñan los procedimientos o los programas cibernéticas de atención al público, o cuando se contesta un teléfono en un "call center".

Para exorcizar a estos burócratas pastosos que se aparecen en mis pesadillas, se me ocurrió llevar a cabo una contemplación amorosa, que me permitiera verlos como quizás su madre santa los ve, descubrirlos como seres humanos. Y debo decir que ahora los quiero más. Muchos creerán, como creía yo, que estos personajes se esfuerzan por hacer nuestra vida menos feliz y complicada, pero no. Parece que el Creador, en su infinita sabiduría, los pone en nuestro camino para enseñarnos algo, y eso es lo que he ido descubriendo por los ascétas caminos de la meditación.

Los burócratas nos enseñan, por ejemplo, el camino al infinito. Gracias a los burócratas sabemos que un documento oficial sólo es oficial si existe algún otro documento oficial que dé fe de que es oficial. Y este último necesita a su vez de otro documento oficial que certifique que quien expidió el documento oficial es quien es y tiene facultades para expedir un documento oficial. Desde luego que las identificaciones oficiales que se presenten para acreditarse deberán ser acompañadas de los suficientes documentos oficiales que den cuenta de la validez oficial de dichos documentos.

Este punto no hace más que constatar que los burócratas son los verdaderos maestros de la sospecha - y que nos perdonen Marx, Freud y Nietzsche-. Por eso expiden títulos profesionales, legales con firmas y todo, para que luego tengan que ser legalizados en otra oficina y luego se pueda sacar una cédula profesional, nada más para estar bien seguros. Por eso expiden certificados de preparatoria, pero para entrar a la Universidad exigen también el de secundaria; no vaya a ser. Expiden licencias de manejo, muy formales, que no sirven para identificar a nadie ni con las mismas autoridades de tránsito. Hay que sospechar hasta de sí mismos.

Los burócratas trascienden también el materialismo obtuso y nos sumergen en la magia y la incertidumbre, como habitantes del Rancho de la Media Luna en Pedro Páramo: nos enseñan que la realidad no siempre es la realidad, que es escurridiza, engañosa, las fronteras entre la vida y la muerte son lábiles. Puedes estar parado frente a ellos, pero si no les muestras tu acta de nacimiento ¡no existes! Y paradójicamente, hay muertos que votan y habitantes del más allá que siguen cobrando pensiones (pero tienen credencial de elector, hay que decirlo).

Hablemos ahora de física, concretamente de la teoría de la relatividad. Un trámite que a un ciudadano normal le puede tomar días o meses, en manos de un "gestor" puede llevarse a cabo en media hora. Como diría el buen Einstein: la percepción del tiempo de un observador parado en la antesala de una oficina pública, no es la misma que tiene alguien subido en los hombros de un gestor en movimiento. Una oficina pública es un verdadero laboratorio del tiempo. He escuchado a burócratas explícitamente decir: "Ese de la fila, vaya pasándole que no tengo su tiempo". ¡Claro! el tiempo de ellos no es el nuestro. Lo cual se constata mejor cuando nos dicen: "ahorita lo atiendo". Desde luego que un "ahorita" de ellos –incluso un "ahoritita"–puede ser una eternidad para nosotros.

En el campo del crecimiento personal, diremos que muchos burócratas nos dan lecciones sobre el control mental en situaciones críticas. Imagine: una oficina a reventar; cinco filas; usuarios desesperados, varias mamás con sus niños como energúmenos; coyotes y fauna diversa. Esa tensión que se respira en el ambiente, que sentimos todos... menos el burócrata por excelencia, que tiene pleno control, que no se inmuta, que platica animadamente con su compañerita, que mordisquea por lo bajo su lonche y sigue su vida a 45 revoluciones por minuto, con la sonrisa ligera en los labios. No compre "El Monje que Vendió su Ferrari", mejor vaya a sacar su licencia... y aprenda.

Los burócratas nos enseñan el valor de las cosas hechas por uno mismo: Ellos bien podrían pedir los papeles en una ventanilla y pasárselos de mano a mano, internamente, para ponerle los sellos, firmarlos, volver a firmarlos y ponerle otros sellos y esas cosas que les gustan. Pero no sería educativo para nosotros. Nos dejan que seamos nosotros los que llevemos nuestros papeles con nuestras manitas de un lado a otro de la oficina, nos indican didácticamente, aunque con monosílabos, dónde hay que ir, para que nos formemos y sintamos que estamos colaborando. Que nos cueste, para que lo apreciemos de verdad, dirían algunos.

En fin. Si descubrimos todo el potencial didáctico, el camino de sabiduría que hay en el proceder de nuestros burócratas, toda experiencia tramitológica empezará a ser una vía privilegiada para la iluminación. ¿Va sacar los permisos para hacer su propia escuela? Respire profunda y pausadamente, junte los papeles que cree que necesita y dispóngase a disfrutar de una larga experiencia de crecimiento personal (No contribuya con el mal humor social).