En la tormenta

Échame a mí la culpa de lo que pase...

El pasado martes, Milenio publicó en su sección de deportes una selección de comentarios de los técnicos mexicanos después de la derrota en los últimos mundiales. Mejía Barón, declaró en 1994, después de perder en penales con Bulgaria: “los penaltis son una lotería y alguien tiene que perder”. En el 2002, Aguirre y los tricolores cayeron contra Estados Unidos en una de las derrotas más dolorosas de nuestros mundiales: “cuando teníamos el control del balón y una oportunidad de empatar, vino una decisión desafortunada del árbitro que nos afectó”. En Alemania 2006, La Volpe explicaba tras perder con Argentina: “Hoy mundialmente nos reconocen. Hoy lo que falta es un poco de suerte”. En 2010 repite el Vasco Aguirre y tras una nueva derrota contra los albicelestes, se descargó en el árbitro por un gol en fuera de lugar: “...hay un antes y un después del gol que recibimos (en fuera de lugar), nos estamos componiendo y recibimos el segundo, fueron errores que hacen que cambie dramáticamente el rumbo del partido...”.  Ahora, en 2014, quedamos eliminados, a decir del entrenador del Tri, por culpa del árbitro. Y el Piojo no está solo, el 63% de los mexicanos, según alguna encuesta, se considera robado.

Si analizamos las respuestas de nuestros insignes entrenadores nacionales, la culpa es, desde hace 24 años, de nuestra mala suerte o de los árbitros. A juzgar por las declaraciones, la constante en magros resultados no constituye prueba de nuestro mediocre nivel, sino de un complot internacional contra la Federación Mexicana de Futbol orquestada por la diosa fortuna en colusión con los poderes fácticos del balompié mundial y los árbitros. Tantos mundiales no pueden ser una casualidad.

Es verdad que eso que llamamos suerte es parte constitutiva del juego, pero tiene mejor suerte quien tira más a gol. Decir que los penales son una lotería (que no lo son, porque el portero y el tirador cuentan durante todo el partido) trata de salvar – y no salva – al técnico en sus decisiones dentro de un partido, que no tenía por qué haber llegado a esa instancia si se hubiera sido mejor. Es verdad también que los árbitros se equivocan contra nosotros, pero también a favor de nosotros.

Pero el problema no está en saber si es verdad o no que el árbitro marcó o dejó de marcar una pena, sino en aprovechar ese hecho, probablemente verdadero, para borrar arbitrariamente todo lo demás; para descargar sobre ese acto toda la responsabilidad, eximiendo a todo y a todos los demás, especialmente a nosotros mismos, dejando tras la bruma que genera ese infausto detalle, todas las otras causas, todas las explicaciones posibles. “Echar la culpa” desvía la atención de lo que hicimos mal y sobre lo que podemos tener control, para resaltar las partes del problema que parecen estar escritas de antemano en nuestro destino, lo que no podemos modificar y que nos deja inmóviles. Echarle la culpa al árbitro, en este último Mundial, parece que nos exime de mirar el proceso desastroso que se siguió para llegar aquí. Nos impide darnos cuenta de que este es otra vez un Mundial en el que llegamos solo al cuarto partido. Pero ni los goles anulados ni el clavado de Robben deben borrar el desastroso proceso que nos llevó, solo de milagro, a Brasil.

Pero aquí el futbol no es más que una caricatura de la vida. Lo verdaderamente preocupante es el deporte nacional de “echar la culpa”. Porque esta actitud se repite en muchas esferas. Revise si ha escuchado frases como éstas en boca de personajes públicos: “No perdimos la elección, nos la robaron, fue culpa del IFE” (al que nosotros le dimos forma, por cierto, y que sí respetamos siempre que ganamos).  “Crecen los índices delictivos, pero los culpables son los Estados vecinos o la gente que no se cuida” (y si la gente se cuida y se arma, la metemos al bote). Llevamos 30 años creciendo una miseria, pero la culpa es de las crisis mundiales” (que por cierto no han impedido que crezcan otras economías). “Eso no es nuestra culpa, es de los gobiernos anteriores” o al revés: “No es nuestra culpa, nosotros dejamos la ciudad funcionando”. O los más cínicos: “No es mi culpa hacer cosas turbias, es el marco legal que lo permite”.

O en ámbitos más privados: “No me dieron el ascenso por mi falta de empeño, sino porque ella se acostó con el jefe” (seguramente aprovechaba que tanto el jefe como ella sí llegaban siempre temprano para tener sexo) “No es mi culpa, lo que pasa es que el examen traía justo la parte que no estudié” (el maestro investigó el dato antes de hacer el examen). “No es mi culpa, lo que pasa es que no nos recordó que las tareas contaban tanto”. “No es mi culpa, es que mi mamá no me levantó a tiempo” (ésta, dicha por estudiantes universitarios). “Fue mala suerte, el único día que voy rápido (tomado, en sentido contrario) y me agarra la policía” etc., etc., etc.

“Echar la culpa” es un mecanismo de defensa que nos ayuda a desviar la responsabilidad de lo sucedido. Cuando somos pequeños, estos mecanismos son muy importantes porque funcionan como un colchón que evita que las heridas que se nos infringen nos dañen demasiado. Pero en la medida que crecemos y vamos construyendo una personalidad madura, estos mecanismos deben ir desapareciendo porque debemos ser capaces de asumir nuestros errores, de manera que podamos corregirlos. Asumir la culpa, entendida como responsabilidad, no como sentimiento malsano de culpa,  es asumir la posibilidad de equivocarnos y de valorar nuestra actuación con justeza, para poder mejorar y avanzar. Es una muestra de una correcta autoestima.

Manuel Lapuente, en el 98, reconoció que perdimos con Alemania porque ellos metieron los goles y fueron mejores. Así de simple. Eso nos sirve para situarnos en la realidad, no para evadirla. Por ahí hay que empezar, en todos los ámbitos de nuestra vida, en lo individual y en lo colectivo.

david.herrerias@propuestacivica.org.mx