En la tormenta

Delitos en cámara lenta y con repetición instantánea

Si algo tiene de democrático el futbol –que es muy poco– es que llegado el momento de opinar todos se sienten con derecho y conocimiento suficiente. Muchos columnistas que cubren cualquier tema durante años, en el verano de cada cuatro, pontifican sobre las posibilidades de la selección y sobre el futuro del futbol mexicano. No será el destino de este artículo, porque reconozco que sé apenas lo suficiente del deporte como para expresar, frente al televisor de mi casa, solo algunas palabras obvias y otras de esas que podría censurar la FIFA si las dijera en un estadio mundialista.

Y a pesar de eso, y como que no quiere la cosa, resulta que ya empezamos este texto hablando de futbol. Pero más que de pronósticos y resultados, me interesa hablar de esos que llaman “los hombres de negro” y que ya no visten de negro ni por error, pero que tienen en sus manos, eso sí, la parte más oscura del negocio del balompié: los árbitros. O más bien, quiero hablar de los delitos que suceden en las canchas donde se juega el deporte de las patadas.

Ayer, el Observatorio Ciudadano de León presentó su tercer reporte sobre índices delictivos en León. Se resume el asunto en el incremento de todo: crímenes dolosos y culposos, robos, violaciones etc.  Pero lo que llama más la atención, es la cifra negra: los delitos que no se denuncian: 86.7% en León, 90.1% en el Estado; y de esas denuncias, solo 6 de cada 10 se les sigue una averiguación previa. Yo, con mi mente contaminada de mundial futbolero, pensaba – sin dejar de poner atención, que conste – que el deporte de las patadas puede ser llamado también el de los golpes bajos. Durante todo el partido, si el árbitro no lo ve, está permitido patear, ofender, escupir, pellizcar los glúteos, pellizcar cualquier otra parte y hasta morder. En un partido suceden miles de cosas que el árbitro no ve. Y como no las ve, no las sanciona.

Si las sancionara todas, me dicen, el juego no podría avanzar y se haría muy aburrido. En el caso de futbol estamos hablando, a veces, de cosas insignificantes. Aunque recientemente vimos cómo anulaban goles a nuestro equipo, goles que podían haber cambiado la historia de la selección en el campeonato, y se anulaban, por error o por intención. Y a pesar de que se reconocen, no existen mecanismos para reclamarlos y que de ellos se siga una satisfacción del daño. Recientemente vi la repetición de una jugada en la que un polémico penal le dio la clasificación a una oncena y eliminó a la otra. Por más que se diga o se haga, el eliminado, eliminado está.

Llama la atención, en el futbol, que se podrían tener los medios necesarios para jugar a la pelota en una cancha más pareja. Pero no quieren, por temor a perder el espectáculo, o por perder control, o por lo que sea. Es parte de la cultura del futbol, dicen. Prefieren árbitros débiles, reglas ambiguas y ojos cerrados frente a lo que pasa lejos de la pelota. La pregunta es si en la vida real nos conviene jugar a lo mismo.

Es claro que si 94 de cada 100 delitos suceden y no tienen consecuencias, la tentación de cometer un delito, en un país con tantas diferencias como el nuestro, es lógicamente interesante. ¿Quién no le entra a un negocio con 94% de probabilidades de éxito? Desde luego que está el asunto de la educación, y la familia y todo eso. Pero vivimos en un país con carencias muy grandes, jóvenes sin escuela, familias rotas, desigualdades lacerantes... y la oferta del crimen es tentadora y accesible.

¿Porqué hay tantos delitos que no se persiguen? Algunas explicaciones se conocen y se repitieron en el informe del Observatorio: la poca eficiencia de las autoridades encargadas de procesar las denuncias y la poca confianza en las autoridades. Esta última puede tener dos acentos: uno, la poca confianza en que las autoridades en realidad vayan a hacer algo. La otra, el temor a la autoridad misma, la desconfianza que me hace pensar que “al entrar ahí” llegue como víctima y me cuelguen en el cuello un número y salga como victimario.

¿Por qué no denunciamos? En el futbol, se puede demostrar con los videos que un gol fue legítimo, que un penal no lo fue, que una falta no existió; pero eso no cambia lo importante, el resultado del juego. Puede ser que a un árbitro lo suspendan, pero usted está eliminado del Mundial. Igual nos pasa: denuncie un robo, pierda toda la mañana, llene formularios, y trate con funcionarios hartos de llenar actas idénticas. Puede ser que un día detengan a un ladrón, puede que lo retengan un tiempo. Lo que es seguro es que a usted, salvo contadas, contadísimas ocasiones, no le devuelvan nada de lo robado.

¿Por qué desconfiamos de la autoridad misma? En parte porque traemos una historia muy larga de abusos e impunidad de las fuerzas policíacas. En parte porque aún ahora, los policías abusan de los jóvenes en las colonias populares, les quitan cosas bajo la amenaza de sembrarles droga. Porque sexenio tras sexenio salen a la luz corruptelas y abusos, investigaciones amañadas cuando nos habían dicho que ahora sí, la cosa iba derecha. Es como creer que los árbitros en México no son del América, pues. Vamos a tardar un tiempo para creérnosla.

Si los índices delictivos suben, a veces – en León frecuentemente – corren al jefe de la Policía; en el futbol el árbitro también se va. Pero en la vida real, el jefe de la policía es uno nuevo que tendrá que aprender del puesto, y es lanzado a la cancha con sus dos ojos y un silbatito, a ver qué puede hacer, porque no cambian las reglas del juego.

Mientras tanto la labor ciudadana de contar los delitos, tiene sentido. Tengo la esperanza que de tanto ver lo que se quiere ocultar, de ver en repetición y cámara lenta lo que sucede a ras de cancha, podamos cambiar las reglas del juego.

david.herrerias@propuestacivica.org.mx