En la tormenta

Cuentos y Cuentas

Del inglés nos viene el término accountability, que se ha traducido al castellano como rendición de cuentas. Es un concepto fundamental de la democracia, que establece la obligación de informar detalladamente, dar razón de las acciones de gobierno, asumir la responsabilidad de estas acciones y ser sancionado en caso de irregularidades, omisiones y negligencias. Andreas Schedler hace notar, que al pasar del idioma de Shakespeare al de Cervantes, la palabra perdió en precisión y versatilidad. Accountability se puede hacer adjetivo más fácilmente: un gobierno es “accountable”, mientras que en español tendríamos que decir que “cumple con la rendición de cuentas”. Pero más allá de esas inconveniencias, la palabra cuentas, en español tiene una vecindad desafortunada con cuentos. Esta cercanía fonética de los vocablos podría explicar la confusión existente en nuestra cultura política cuando se trata de informar a la ciudadanía.

El ritual de los Informes que los funcionarios (alcaldes, gobernadores) rinden a sus electores, se parece a los cuentos; no necesariamente porque el contenido del discurso sea ficticio – aunque a veces lo es – sino porque pone el énfasis en la forma, en el impacto que las frases tiene en el oyente, en las imágenes que la retahíla de palabras debe despertar y en el aplauso del público. Esto último garantizado por el acarreo (o libre invitación con estímulos) de personas y la organización de ovaciones dirigida por cabecillas a sueldo del partido gobernante.

La palabra contabilidad es más aburrida, pero tiene una connotación de seriedad y precisión. Tiene además una mayor carga de exigencia, de obligatoriedad. Para que quede más claro: no es lo mismo que su nieto le diga a usted “cuéntame un cuento” a que su consorte le exija “entrégame cuentas”. La rendición de cuentas no se limita nada más al acto de informar: tiene que incluir la asunción de responsabilidades en los actos de gobierno y la capacidad para sancionar – penalmente, pero también electoralmente – el incumplimiento.

Los informes, como los han entendido nuestros políticos – y lo digo así porque las formas trascienden la alternancia política (que no se hagan de la boca chica los panistas) son una prolongación de las campañas políticas o un prólogo, de las que vienen. Son actos propagandísticos en los que, ciertamente, se transmiten datos más o menos ordenados, pero sueltos, sin referentes. Se presenta, desde luego, sólo aquello que sea digno de aplauso, sólo lo políticamente redituable, en un diálogo abierto pero con un público selecto y previamente aleccionado para que pueda ser comparsa en el espectáculo.

La información que se ofrece no sirve para hacer comparaciones, porque no hay indicadores ni se ofrecen relaciones con otras administraciones, salvo que un dato sea tan políticamente redituable que valga la pena hacer el parangón. A veces hay variantes en la forma de agrupar conceptos de un año al otro, incluso dentro de una misma administración. No se ofrecen esquemas, ni estadísticas, ni apoyos que permitan comparar siquiera lo planeado contra lo logrado. En resumen, no hay una voluntad real de informar, sino de justificar retóricamente su permanencia en el poder. Y esto se aplica en León, tanto al reciente Informe, como a todos los anteriores. Los colores no cambian la forma.

Se nos puede objetar que, efectivamente, eso que llamamos Informe es más un acto protocolario, una fiesta de aniversario, más popular la priista, más de élite la panista; un momento para congregar a los adeptos y apapacharse por el esfuerzo de un año y que no le podemos pedir peras al olmo. Si nos volvemos cínicos y lo asumimos así, podría contra-objetar dos cosas: la primera: Ese festival del autoelogio ¿vale la pena? ¿tendría que correr por cuenta del erario? Si en realidad cumple fines propagandísticos a favor de un Partido en particular, ¿no deberían cubrir sus costos ellos, ya que – dicho sea de paso – reciben ingentes recursos de nuestros impuestos? La segunda objeción: Si eso que llamamos informe en realidad informa muy poco ¿cómo y dónde cumplirá el gobierno con la obligación de informar detallada e inteligiblemente?

Podemos no esperar mucho de los Informes y contentarnos con esas migajas, si se establecen otros mecanismos de información que puedan ayudarnos a conocer a fondo el desempeño de un gobierno. El acto de rendir cuentas tiene al menos dos vertientes: por un lado, la transparencia, y por otro lado la voluntad de informar con claridad. La transparencia como valor es la disposición del Estado para dejarse observar y el derecho del ciudadano a preguntar y obtener respuesta. Es necesario que el gobierno responda a las solicitudes de información y que suba información clara y digerible a sus sitios de Internet – asunto este último muy mal cubierto en León en los últimos 4 años –. Pero la voluntad de informar con claridad va más allá: supone un verdadera intención de hacer que la gente tenga elementos de juicio sobre el trabajo del gobierno.

No ayuda, a una democracia verdadera en León, ni las constantes descalificaciones hipócritas (como si no hubieran ellos hecho lo mismo) del líder blanquiazul en León, ni la simple enumeración de obras y discursos retóricos. Son sólo cuentos que nada ofrecen de información para decidir a quién le confiaremos la ciudad dentro de unos años.