Columna invitada

Federico Solórzano: profesor hasta los huesos

A mis primos: Diana, Laura, Jis y Juan

 

Todos tenemos algún profesor que marcó nuestras vidas. Por lo general se trata de un profesor de primaria que nos tuvo paciencia para hacer la tarea, uno de preparatoria que nos ayudó a discernir qué carrera estudiar o alguno de la universidad que nos enseñó cómo enfrentar el mundo. En mi caso, tuve la fortuna de contar con profesores extraordinarios hasta el posgrado. Pero hay uno, que sin haber sido mi profesor formal, también marcó mi vida desde muy temprano: Federico Solórzano Barreto, mi tío con quien tomé clases cuando apenas era un niño.

Mi madre y mi tía Ileana me invitaron una tarde a una “clase de dinosaurios”, que me fascinó tanto, que me quedé durante varios años tomando clases de prehistoria con un grupo alterno a Voces Culturales de Guadalajara. Mi pasión por la naturaleza y los árboles surgió precisamente durante esas maravillosas clases en que mi tío Federico nos explicaba - como un Darwin sin barba- el origen de las especies y el cosmos.  

Fui su “alumno” más joven, me dijo alguna vez cuando le platiqué que por fin me había graduado y que estaba por dar mi primer curso, mientras él cumplía medio siglo de dar clases ininterrumpidamente. Lo fue todo en la academia: profesor emérito, doctor honoris causa, padrino de generaciones enteras de alumnos, investigador, docente… En el camino coleccionó de todo: osamentas, armas, rocas, libros y un sinfín de “cosas” que hoy se exhiben en varios museos. Su pieza más famosa es, desde luego, el imponente mamut del Museo Regional de Guadalajara, que a todos nos impresionó de chicos. 

En la misma época que tomaba clases con Federico Solórzano apareció la maravillosa serie de Cosmos de Carl Sagan que desde niño, mi tío siempre la explicó mejor que el propio Sagan. Federico Solórzano nunca necesitó reflectores ni cargos para sobresalir: deslumbraba con sus conocimientos e imponía con su autoridad intelectual.  Fue un hombre de ciencia: dedicó su vida entera a explicar, con huesos y utensilios, el origen del hombre americano. Tenía una explicación alternativa de cómo llegó el hombre al continente americano por el estrecho de Bering, que le valió el reconocimiento de la comunidad científica internacional. Era y seguirá siendo uno de los más grandes referentes de la paleontología en América.  

Federico Solórzano fue un hombre lleno de virtudes, pero creo que su mayor contribución fue la docencia: la formación de generaciones enteras de estudiantes, tanto en la Universidad de Guadalajara como en el Instituto Nacional de Antropología e Historia. Su pasión por sus clases hacía que fuera uno de los profesores universitarios más queridos. Fue profesor hasta los huesos.

Recuerdo que en una clase de astronomía nos dijo que los seres humanos compartimos más del ochenta por ciento de los elementos con las estrellas. Al igual que los astros, estamos hechos de hidrógeno, oxígeno, y muchos otros elementos comunes. Somos pues polvo de estrellas. Buen viaje por el cosmos tío, al fin volviste.  


 Twitter: @gomezalvarezd