Déjame te pregunto

¿Día de brujas, día de muertos o “Xantoloween”?

Y es que desde el 31 de diciembre comenzaron los festejos, las celebraciones y los recuerdos de aquellos que se fueron.

Estas fechas son todo un suceso dentro de México y de nuestro Hidalgo, sin embargo se han convertido en todo un sincretismo cultural, una mezcla “curiosa” del pasado, del presente y de aquello de fuera de nuestras fronteras.

El famoso Halloween celebrado en el último día de octubre es una tradición Celta, arropada por la mayoría de los países anglosajones (Canadá, Estados Unidos, Inglaterra entre otros) y que discurrió entre nosotros en cierta medida gracias a la publicidad y aspectos comerciales de nuestros vecinos del país del norte, en donde sus niños los veíamos pedir dulces y golosinas disfrazados de demonios, brujas, monstruos y fantasmas.

De este lado del río el celebrar a nuestros muertos es algo mucho más profundo, tan es así que fue hace una década, allá en el 2003 cuando la UNESCO declaró al Día de Muertos en México, Patrimonio Inmaterial de la Humanidad.

Sus orígenes son anteriores a la llegada de los españoles, todas las etnias de Mesoamérica desde los mexicas hasta los mayas, celebraban a la muerte acompañada del renacimiento de aquellos que se iban; los aztecas se cobijaban bajo la diosa “Mictecacíhuatl”, o la “Dama de la Muerte” para estos festejos, curiosamente las lenguas dicen, que José Guadalupe Posada se inspiró en esta deidad para crear su mundialmente famosa “Catrina”.

Para nosotros el Día de Muertos es una celebración a la propia muerte, es un ritual de antecedentes prehispánicos en el que se levantan altares para honrar a los santos difuntos.

Se pone la mesa para recibir la presencia etérea de quienes ocuparon un lugar en el mundo de los vivos y que retornan año con año para visitarnos, y seguir manteniendo el vínculo con nosotros en este mundo terreno.

Para eso son las ofrendas que se colocan en cada casa, en cada plaza, en jardines o edificios públicos; son la manifestación palpable que tenemos los mexicanos sobre la permanencia de lazos que mantenemos con los difuntos, con aquellos que no abandonan del todo este plano y conviven con los vivos.

La muerte es pues vida y trascendencia que se traduce en rituales como las ofrendas de día de muertos.

En Hidalgo y en cada una de sus regiones indígenas, esta tradición permanece a través del tiempo y es sin lugar a dudas, al menos para un servidor, el Xantolo en la Huasteca Hidalguense, el mejor de sus ejemplos.

Curiosamente el Xantolo es una palabra traducida al náhuatl fonéticamente, que proviene del latín “sanctorum”, que hacía alusión a la fiesta de todos los santos en la época española.

Esta tradición es la más importante de la región y se acompaña de danzas, cantos, platillos típicos y sobre todo de una gran devoción, que genera unión entre los habitantes de aquellas comunidades huastecas, palpable en esta celebración de la llegada de sus familiares y amigos que ya no se encuentran entre ellos.

Con gusto celebro el esfuerzo realizado por el Gobierno Estatal, en publicitar esta festividad en la Capital Pachuca, al menos se habló de ella y se de muchos que se fueron a vivirla, los que acá nos quedamos festejamos a nuestro estilo estos días, un estilo muy “mestizo” entre el conde Drácula, brujas, calabazas, pan de muerto, calaveritas y catrinas; en fin, que con tanta mezcla no será de extrañar que nuestros hijos dentro de poco comiencen a celebrar su “Xantoloween”.

Que pase un excelente fin y no se olvide de recordar a sus muertos.