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De la tolerancia y la "ciberindignación"

Este lunes se celebró a nivel internacional el Día de la Tolerancia, apenas a dos días de los trágicos acontecimientos en las ciudades de París y Beirut. Al dolor y estupidez de las muertes masivas y sin sentido se suma un tufillo de intolerancia que sale de las redes sociales y se cuela en las pláticas de sobremesa, en los centros de trabajo, en las escuelas.

Y no me refiero a la intolerancia hacia la violencia, completamente justificada, sino hacia las reacciones en torno a la postura que cada quien tomó en relación a los atentados.

La solidaridad cibernética que muestran algunos usuarios de redes sociales al filtrar con los colores de la bandera de Francia su foto de perfil en Facebook, se mezcla con la indignación de otros que les critican por mostrar empatía por una tragedia que ocurrió a miles de kilómetros de donde nos encontramos.

Las opiniones se radicalizan y en camino se enemistan amigos, compañeros de trabajo y hasta familiares. Se acusan unos a otros de utilizar las redes sociales para manifestarse contra hechos que no conocen y situaciones que no comprenden, de solidarizarse como una especie de pose.

Comentarios van y vienen en defensa de distintas posturas, algunos justifican los ataques afirmando que Francia ya bombardeaba Siria antes de los atentados; otros arremeten contra el Islam radical, y hay quienes permanecen completamente ajenos.

El hecho es que los juicios de valor que se emiten denotan, de uno y otro lado, una intolerancia al pensar/sentir de los demás; se erigen como jueces y determinan el porqué un post, aplicación o noticia compartida está "bien" o "mal".

Hay un excelente cartón de Mafalda en donde Felipe, con su tradicional pesadumbre, afirma: "Lo malo de andar siempre con las orejas puestas es que uno se expone a oír cosas como ésta". Lo mismo nos pasa a los usuarios de las redes sociales.

Amén de la libertad de expresión y el derecho a disentir, a los usuarios de las redes sociales, que realmente somos casi todos, no nos vendría mal una vacuna de tolerancia, ese antídoto para combatir el odio y la discriminación que, de paso, nos permita abrirnos al diálogo y a la comprensión entre todos.