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#ViajoSola #CaminoSola

A los 12 años ya viajaba sola; el trayecto entre la secundaria y mi casa. Tomaba dos camiones y en el primero iba rodeada de mis compañeros. Para tomar el segundo debía esperar en una esquina que estaba cerca de fábricas y bodegas, así que si no veía en el horizonte la segunda ruta que debía abordar empezaba a caminar. A mediodía los operarios salían a comer y sus miradas me incomodaban, a veces me hacían comentarios obscenos. Yo comenzaba una caminata en la que combinaba un paso regular con una que otra carrerita.

Cuando entré a la preparatoria ya sabía que tenía que sacarle la vuelta a los depósitos, las construcciones, las esquinas oscuras, o todo aquel lugar donde un grupo de hombres estuviera reunido. Era mi obligación cuidarme y ni siquiera cuestionaba mi proceder.

Pero fue a los 18 años cuando escuché por primera vez la expresión: "¿Viajan solas?", así con interrogación y un rostro de desaprobación; mi mejor amiga y yo íbamos a la Ciudad de México. Ahorré y me preparé para esas vacaciones, no conocía la capital del país y estaba emocionada, por eso sí presté atención al comentario, y no pude evitar responder: "Somos dos, ¿Qué no sabe sumar?".

La burbuja se rompió y entonces fui consciente de todas las precauciones que yo tomaba por ser mujer y sin importar si viajaba con una, dos o tres amigas, mi hermana, mi madre o mi abuela, siempre seríamos "solas".

Creí que el moverme en un coche sería la solución y empecé a gastar gran parte de mi salario en taxis. Fueron varias las ocasiones en las que el conductor decidió tomar un camino diferente al que yo le señalaba, provocando con ello que me alterara. Alguna vez incluso me salí en la primera parada y corrí como alma que lleva el diablo.

Un vehículo propio solucionó un poco el conflicto, pero pronto me di cuenta que a muchos varones no le gusta que los rebase una mujer y emplean técnicas de intimidación. Pueden incluso cambiar su camino y seguirte con tal que te "quede bien claro" que no le puedes faltar así el respeto.

Las mujeres nos acostumbramos a ello, poco lo decimos para que no se nos acuse de histéricas o exageradas. Pero no deberíamos, tal vez así algunos compañeros no se sentirían tan incómodos cuando por fin decidimos levantar la voz y empiezan a entender por qué la exigencia constante de igualdad.

@dameluna