Sobre la mesa

2014, para pensarlo mejor - I

En este año, en días y horas recientes, se aprobaron en nuestro país leyes sobre las que hay necesidad de meditar con cuidado y observar su dimensión social y sus repercusiones posibles. Esto más allá de la retórica de la intensa publicidad desplegada, que en su fondo condena al hartazgo y la inocuidad la calidad educativa de las mayorías y dirige –o intenta- la respuesta ciudadana dirigiéndola a la nulidad y al adormecimiento ideológico y cultural. Sus objetivos, en medio del torbellino de la compleja realidad que vive el país, alterado entre un espiral de violencia que no acaba, la pobreza que no cesa de aumentar, y las necesidades de establecer los necesarios cambios en la orientación del desarrollo nacional en el ámbito de los derroteros de un contexto globalizador,  llama a detenerse con seriedad, a comprender no lo que dice la letra sino sus objetivos más profundos. Lo atropellado de los procesos, es algo que en ciertos momentos hace generar en algunos sectores la sospecha de la probidad o ineptitud de ciertos manejos y dignidades representativas que les dan paso y aprobación institucional.

Es cierto que el país debe sufrir trasformaciones esenciales en su pensar como sociedad, como proyecto en su calidad política y en los aspectos inherentes de capacidad productiva, para emprender otros caminos cualitativos que le integren en los mejores niveles de desarrollo. Algo que se entiende –si se quiere- requiere de proyecciones de largo plazo desde la toma de decisiones, que atiendan cada problema sustantivo, integradas las soluciones necesarias de corto plazo (substituirlo por la habitual práctica del cortoplacismo). Pero ese no es un dilema privativo de México, todas las regiones y países del mundo se encuentran en un vertiginoso torbellino de corrupciones y de una crisis general, de cambios que a su vez acotan  transformaciones sustanciales en medio del arrastre de ingentes innovaciones, que se desenvuelven aún entre una geometría regional multiplicada de problemas. Es que envueltos entre agudas contradicciones cambiamos de era, así de simple, si se quiere comprender.

Pero entender algo tan trascendente como eso, exige de mucha serenidad en la toma de decisiones y de una diferente y clara perspectiva sobre el futuro, sustentada sobre verdaderos cimientos de construcción democrática, sobre convicciones éticas y actitudes y acciones de gobierno trasparentes, que convoquen y corroboren la capacidad conjunta de gobierno y ciudadanía para resolver y avanzar entre itinerarios de mayor equidad para todos. Porque desde diversos ángulos se puede observar que existen espacios de empobrecimiento democrático, (¿alguien lo quiere negar?), y eso no es algo que se pueda seguir soslayando.

Las leyes aprobadas sobre trabajo y empleo, sobre lo que se define ahora (sic) como “terrorismo”, y lo que se entiende como energéticos (debería haber incluido otras alternativas, no solo privilegiar el petróleo, que se acabara), son asuntos no solo de si se está a favor o en contra. Hay que estudiar, debatir más para revisar con calma, cuidado y énfasis, debatir en verdad con la seriedad que requiere el futuro de todos. Los estratos de control político como de los intereses locales y ajenos que rebasan las estructuras propias, no son algo despreciable cuando de la soberanía (o lo que queda con la globalización y la democracia de mercado), o la conducción  de la nación, se trata. Energía, trabajo y pobreza, no se resuelven judicializando la protesta y condenando la inconformidad al silencio y la resignación. Habría que meditar sobre lo que escribió Sheldon Wolin en su libro Democracia S.A. La democracia dirigida y el fantasma del totalitarismo invertido: el líder no es el arquitecto del sistema si no un producto de él. (sigue II). Por lo pronto Feliz Navidad para todos.