Sobre la mesa

2014, para pensarlo mejor III

En una de las obras de Bertolt Brecht, aparece la pregunta: “¿acaso cuando Alejandro conquistó Las Galias, no había quien alimentara su caballo?”. Esas palabras nos llevan a comprender las transformaciones socio-terrenales recientes en nuestro país. Necesariamente en estos dinámicos tiempos que se suceden en una extraordinaria magnitud y celeridad que nos remolca a todos. La toma necesaria de conciencia, ante la realidad que nos pone frente al extendido crecimiento de población y al mismo tiempo su aglomeración en ciudades;  el deterioro ecológico y el caos urbano donde se produce gran parte de la contaminación y el calentamiento global, la violencia espontánea producto de las fracturas sociales, y la organizada que corrompe; las recurrentes crisis económicas –que en estos días en Davos, Suiza, significa la pendiente y escalada que preocupa y es centro de discusiones entre los intereses que mueven el mundo financiero y la acumulación de riqueza– son el contenido en el que cobra vigencia la pregunta de Brecht.

Los movimientos sociales de diverso origen que se acumulan, se expresan y llegan a reacciones impensadas y nada simples de controlar, muestran un creciente descontento, insatisfacción y desilusión que reaccionan ante el estatuto formal de conducción social y de las formas y recetas de gobierno de toda gama sin proyección de verdadera equidad de largo plazo (Egipto, España, Argentina, Michoacán o Guerrero), pues la crisis verdadera está en el fondo de la construcción de una nueva era de la sociedad como totalidad humana que no se enfrenta. Tal parece que abandonar o modificar los modelos y estructuras del poder establecido, se ha vuelto una laberíntica encrucijada que cómplice y voluntariamente se soslaya, pero que deambula entre los parajes de, por un lado la conservación de los mismos contenidos del poder y, por otro, la necesidad de modificar de alguna manera sus vías sin que este sufra, mas allá de su pérdida bajo las evidentes necesidades que marcan las transformaciones que se procesan y  manifiestan. Y en este ámbito y espacio están las ciudades y los medios.

La información, que revolucionan las tecnologías y los medios a su alcance, con ello la base educativa de las comunidades, indirectamente penetra en las conocimientos que se transmiten institucionalmente, y tiene un efecto multiplicador (aunque alientan también el individualismo), cuyo efecto se convierte en el virus que reproduce las ideas liberadoras de la conciencia social ante la injusticia. No es gratuito, ni surgen de la nada,  movimientos como los grupos de autodefensa o el asalto a los supermercados, cuando el hambre por una sobrevivencia digna aparece en la sociedad.

Las contradicciones del pasado que no se han solucionado, más las que aparezcan en el futuro, tienen en las ciudades un recipiente listo para recibir el caldo de cultivo de los estremecimientos y  agitaciones sociales del futuro. Sabemos que en las ciudades se encuentran los afanes y signos de un mejor desarrollo, como también los nubarrones de corrupción que invaden el presente y superan las mejores intenciones.

Y entonces, la duda descubre el qué hacer con aquello que Maquiavelo enunció: “Todos los Estados bien gobernados y todos los príncipes inteligentes han tenido cuidado de no reducir a la nobleza a la desesperación, ni al pueblo al descontento.” Y la respuesta no solo es compleja, sino también, en el fondo en gran parte ausente su examen y discusión. Y la ignorancia, aunque existe, no es igual a ignorar lo que se sabe para decidir hacia qué lado hay que gravitar la balanza.