Sobre la mesa

Los cotos habitacionales y el caos

Abordar el problema de los “cotos” habitacionales, ahora distribuidos por todo el mapa del área urbana de la región territorial conocida como Guadalajara, desde una realidad que implica la crisis funcional y ambiental  de lo que llamamos ciudad, es un ejercicio que aunque se intente analizar con las mejores intenciones, recuperando sobre todo sus atributos de seguridad y cualidades particulares –aún con la molestia de identificación e interrogatorio en los ingresos para los visitantes– puede llenar un amplio cuadro de consideraciones negativas, si se enmarca en el contexto de la calidad de vida cotidiana de los habitantes de toda la urbe. Caben muchas preguntas al respecto sobre su existencia, que incluyen su condición de ser una copia ajena de construir ciudad, traída de ejemplos de otras realidades donde la extensión ha formado parte de la huida del ajetreo y la contaminación, incluso la social según ciertas almas que ven en la diferencia de clase una amenaza para su salud mental.

Este novedoso –que no nuevo– modelo de urbanización, corresponde a la dinámica de la especulación que los tiempos de ser modernos trajo consigo, y de la práctica constructora que ha generado ingentes riquezas en la tradición que implica el cuadro de corrupción pública-privada. En el presente podemos encontrar una gama diversa de estos ejemplos, que van desde los que se sitúan en los espacios del nivel casi mínimo, o estilo Infonavit, hasta los de prestigio ambiental y exclusividad extrema. Pasado el tiempo, cuando la proliferación de estos modelos cunde y ya no hay muchas opciones para decidir, el resultado cada vez más evidente es el caos funcional que se produce cada día entre los amasijos construidos, de los que salen emanaciones de automóviles que atiborran calles y avenidas, y que en su lento andar producen intensas fumarolas de gases de efecto invernadero, de esos que se dice que hay que detener so pena de seguir extendiendo los niveles de contaminación del aire que respiramos diariamente y son un peligro para la salud de la población y del planeta, por aquello del cambio climático. Eso sin medir las horas que se pierden en ese trajinar y que repercuten en la productividad particular y social.

Y cabe la pregunta del ¿por qué se siguen dando permisos para estos ejemplos, que causan una tensa realidad en las calles y en la inversión pública para mantener calles sobre-rodadas?, donde por cierto transitan vehículos de todo peso sin que la autoridad correspondiente trate alguna  solución. Cabe preguntarse quiénes tienen este control y beneficio particular y quiénes siguen autorizando estas ocupaciones de suelo afectando el futuro de la urbe-social. ¿Acaso los fraccionadores y constructores de vivienda cuyo desarrollado marketing  no para en no decir la verdad sobre sus supuestas bondades, y en su pragmatismo cortoplacista no atienden el cuento de la gallina de los huevos de oro? Porque, si ya comenzamos a considerar la idea de densificar las ciudades, incluso como política urbana nacional ¿no es acaso el momento de entrar al debate y comenzar una línea diferente de pensar y hacer ciudad? o ¿para qué servirán los intentos de construir transportes masivos en el futuro? Que por cierto ¿cuándo tendremos toda la información total, por aquello de la transparencia, sobre la línea tres del tren ligero? En este caso es necesario agregar que todavía no se ve cómo se vincula este proyecto con la planeación urbana integrada necesaria hacia una condición mejorada de la ciudad, para lo que se dice es la competitividad. Los “cotos” han traído riqueza para algunos y pobreza ambiental para muchos. Quizás va siendo hora de ver las cuentas de sus resultados, porque el mito de la seguridad no se resuelve en esos lugares.