Sobre la mesa

Un centro para todos

Las ciudades se fundan, nacen, como hechos humanos de contenido social en circunstancias de esencia histórica. Son, entre otras cosas, una realidad en la que un grupo de extraños conviven en un lugar específico de la geografía del planeta (Bauman, 2013); con el registro de compromisos y alianzas que identifican su acaecer cultural y, a su vez, su concepción de futuro. Así se deciden y se siembra su origen para trascender. Son espacios materiales y funcionales siempre inconclusos, en continua transformación, ubican en el tiempo su estructura edificada germinal como especificidad histórica de una identidad, génesis de la formación de una comunidad que la ha construido y constancia de su presencia, más allá de que la ciudad llegue a su final funcional, como ha sucedido con muchas, debido a los vaivenes de los polos del poder.

Nuestras ciudades, como Guadalajara, son el producto de una participación social-histórica, tributo de todos sus habitantes a su capacidad integrada, y no solo reducto de provechos y ganancias particulares. La ciudades son una propiedad social, un espacio público total principio y fuente de umbrales culturales que nos significan. El espacio tradicional, conocido como centro histórico, ocupa, de este modo, un lugar insustituible en el orden urbano desde su inicio, y aún de su proceso moderno y contemporáneo. Incluye el recuerdo de su existencia y de los vestigios que se guardan no solo como piedras y trazas, leyendas. Sus calles no son las vías de paso de autos y personas, son códigos materiales de proximidades y sus edificios símbolos de un proceso inigualable e irrepetible. Es por ello que guardar un cierto respeto por esa parte de la urbe, que se extiende entre las crudas verdades de la especulación, es entender que la ciudad tiene un distintivo particular, que es imprescindible para su continuidad en el siglo XXI, la era de las ciudades ante el reto del individualismo y el consumo, que puede llegar ser irracional, como se ha hecho con el uso del suelo, cuyo caos es hoy el pan de cada día.

Recuperar la vitalidad del centro no es solo intentar una compensación demográfica o de negocios, los centros históricos más vigorosos para la economía, y competitivos, en el marco de la globalización en el mundo, tienen como signo la recuperación contemporánea de su materialidad, de sus estructuras emblemáticas. Integrar una política que lleve ese objetivo, tarea nada fácil, ha sido hasta ahora una incógnita sin resolver para sectores privados y de gobierno. Los proyectos de especialistas han seguido los intereses de trayecto corto y de sumas particulares. Incluso muchas veces ajenos a los intereses de la comunidad, al derecho que tiene de seguir vinculados a esa parte de la historia; que muchos de los que la han aprovechado, destruido, olvidado, poco asisten a ella y viven en los sitios del privilegio urbano ambiental.

Es necesario recuperar la noción, para empezar, de que la existencia activa de ese histórico lugar de la ciudad, no solo pertenece ideológicamente y moralmente a todos. Falta, eso sin duda, encontrarse con la memoria, conocer y asumir conciencia de lo que ese pedazo de ciudad contiene como parte del conjunto social. Recuperar el sentido de la historia propia, aún entre las avideces de la renta y las utilidades particulares. En esto tienen responsabilidad los poderes fácticos y de gobierno.