Sobre la mesa

Roma: Berlusconi, El Vaticano, el turismo

En Roma la discusión sobre los problemas de la ciudad, tema del congreso al que estamos asistiendo, se traslada cualquiera de los lugares en los que nos encontramos quienes participamos de las conferencias y debates; discutir es algo natural al carácter de los italianos, que hablan de todo casi sin respirar. Sin embargo, más allá de los asuntos especializados, los tópicos del día invaden las noticias y descargas de desvergüenza política de Silvio Berlusconi, el jocoso y bribón mayor de la escena italiana. Es algo que difiere de la estirada forma de parecer de los políticos mexicanos y sus enredos de reparto del poder. No se puede comparar lo que Berlusconi hace tratando de escapar de la ley que el mismo promovió, para no dejar su escaño en el Senado, a pesar de que ha sido condenado por un delito, aunque se supone menor, y no por aquellos graves de los que en verdad se le mencionan, con las estrategias silenciosas que se practican en México. Pero la vida italiana es así, y entre crisis y crisis, de toda magnitud y categoría, este es un país que sin embargo se mueve.

La historia edificada de Roma, contiene un conjunto urbano-arquitectónico de destacadas cualidades simbólicas y extraordinaria belleza. Es ese un paisaje que domina el imaginario de la urbe. De la forma de entender y tratar el patrimonio histórico y su relación con la sociedad, que se reconoce en este como parte esencial de su identidad cultural, dio una excelente conferencia de la Dra. Alessandra Vittorini, especialista del Ministerio de Bienes Culturales. Pero por todo eso, Roma también es una ciudad inundada de turistas. Caminar y admirar la ciudad es además observar la diferencia de lo que el turismo significa como negocio y proyecto, que difiere del que se hace por nuestro país. El denominado Centro Histórico y sus extensas áreas de interés cultural y turístico, se mantienen bajo políticas y programas que difieren de las nuestras. En ningún lado se ven los horribles anuncios, llamados “espectaculares” (sic) y el caos de usos que inundan el panorama territorial como sucede en nuestro panorama. Sin embargo, fuera de ese perímetro, se puede ver que la ciudad está bastante sucia.

En esta ciudad es casi una obligación, que se cumple con gusto, ir a ver la Capilla Sixtina, y pasar por la catedral de San Pedro como por otros lugares emblemáticos. En esta ocasión, constatamos una grave omisión en la visita a la mencionada Capilla. Entre miles de visitantes, el caos es tal, que cuesta trabajo caminar y cruzar las puertas,con cuya estrechez se convierten en posibles trampas mortales en caso de algún accidente provocado, por un tipo de enfermedad, desastre o incendio. Incluso para salir de ese lugar, se hace por una escalerita y puerta por donde no pasa más de una persona. Tampoco vimos un solo extinguidor a lo largo del largo camino. Parece un exceso de quienes han hecho de tal visita un negocio, de 20 euros en promedio por miles de turistas al día. Si bien, y no obstante, muchos de los que allí asisten lo hacen llamados por su fe, y otros más por su respuesta de impulso intelectual, cultural o curiosidad turística. Tal situación puede parecer un abuso que no responde a las necesidades de quienes asisten y por lo tanto hay que pensar qué pasa con las autoridades El Vaticano, o también de alguna otra que debe vigilar por la seguridad de las personas y no solo tratarles como masa de turistas.

De cualquier manera, Roma y su entorno, social, cultural y político, es un ejemplo desde muchos ángulos. Será interesante ver si se sigue insistiendo en observar entre nosotros, las diferencias sobre lo que significa el Patrimonio Histórico Edificado, como ciudad y cultura, como proyecto social y futuro. Revisar que es un espacio de la urbe que hay que cuidar y activar, sin que ello lleve a su traumatismo o a su deterioro por utilizar acciones fragmentadas, que responden a posturas particulares e intereses ajenos al bien común. ¿Que no se trata primero del bien común? O luego habrá que buscar a los seguidores inconfesos de Berlusconi.