Sobre la mesa

Momento de una crisis anunciada

Lo que hoy se vive en nuestro país con el impacto de la barbarie acontecida en  Ayotzinapa y Tlatlaya, es producto de una constante acumulación de hechos criminales, que por décadas ha involucrado a agentes delictivos, personas y grupos con intereses muy privados o particulares, y/o su infiltración, presencia y vínculos entre las instituciones de seguridad pública, de gobierno y entre las coladeras de las organizaciones políticas. Todo eso ha envuelto, de paso si se quiere, por omisión o falta de compromiso, a una comunidad nacional como conjunto de ciudadanos que ha dejado en manos de unos cuantos sus altos intereses. No se puede eludir el momento y magnitud  del problema-conflicto que ha puesto al descubierto la grave situación de una crisis anunciada, que, desde los sectores más recónditos del poder, se ha intentado no develar por lo que quizás podría representar abrir sus habitaciones, subterráneos y cañerías. Se ha inhibido atacar los fondos de su manifestación, dejando que la impunidad sea el marco de su movimiento, situación no libre de acuerdos bajo la mesa, que es parte de la corrupción que invade el país, o pactando ocultar su situación y efectos nocivos; esos que tarde o temprano han emergido del lodazal porque ya no cabían en su propio abismo.

Es este, quizás, un momento en el que escribir se salpica de emotividad. Sin embrago la lamentable expresión  que exhiben los terribles acontecimientos, no es una cortina para la expresión abierta de lo que se piensa y siente. La despiadada forma en que se dio muerte de los estudiantes y otras personas; la lentitud de reacción de las autoridades de todo nivel para enfrentar el crimen, nutre la exigencia de esclarecerlo con toda racionalidad y apertura. Entender que merece atención prioritaria por parte de las instancias que así deben hacerlo, de manera expedita, y con el rigor que exige recobrar un mínimo de confianza respecto del contenido y sentido de autoridad y justicia como clave para rescatar confianza en las instituciones del país. Nadie puede ya negar que la inconformidad y las protestas que se suceden a lo largo y ancho del país, sean resultado, a su vez también, de una continuidad de hechos que han saturado de incertidumbre a familias y comunidades. Muchos han sido ya los muertos y escasa y casi ausente la justicia. El miedo y el riesgo, son desde hace tiempo una parte de la vida cotidiana de la mayoría, incluso de aquellos que por eso se cubren la espalda con autos blindados y guardaespaldas.

El problema, del problema que finalmente hace visible la crisis, debemos asumir es, sobre todo, la punta de un iceberg de complexión dura y compleja, que ojalá valga para que, esperemos, se solucione y también sirva para revisar muchas otras cosas que forman parte de éste. Parece incongruente decirlo ahora, pero las tragedias en el camino de la vida también sirven, si se decide, para encontrar pistas y orientaciones para modificar el rumbo. No es fácil y nadie ha dicho que así sea. Porque cuando las fuerzas de la corrupción han actuado durante mucho tiempo, corrompen el ambiente socio-cultural y avivan las avideces de la riqueza y los comportamientos que descomponen el uso del poder. Las vías de recuperación de la contaminación que se produce y extiende, son una tarea que requiere una gran decisión alimentada por la convicción del bien común y el sentido de una verdadera democracia. Bien se sabe que -recordando aquello que escribió Mario Benedetti-,“la oscuridad del abismo no es cualquier oscuridad, tiene fondo”.