Sobre la mesa

Iconia y la Puerta Guadalajara

Tomar un tema para escribir un artículo en un medio como es la prensa escrita, igual que cualquier otro que se incluya en el ámbito de lo público, conlleva una seria responsabilidad. Implica hacer uso de la palabra que se difunde y se inserta en la denominada opinión pública, para ser conducto que expresa o se significa por servir de enlace entre la comunidad y los asuntos de interés general, por tanto se asume – por quien lo escribe- como una presencia y posición de fondo y orientación ética y política. Esta condición, suponemos, incluye a quienes desde las estructuras de gobierno, de cualquier nivel, hacen uso de su estado y posición en el poder que decide el destino cualitativo del uso del territorio de las ciudades, concedido por decisión de quienes votan porque se encuentren allí y no como un laudo divino o decreto celestial. Esto no excluye a quienes desde la protección de lo anónimo, en sociedades mercantiles u otros subterfugios privados, animen el desquiciamiento y deterioro de las condiciones urbanas de vida de los habitantes. Contubernios de tal especie han llevado a nuestras urbes a un vértice de crisis en toda su magnitud: ambiental, financiera, de servicios y de incremento de su asimetría social.

Es este punto, en el que no se entiende hasta dónde se podrá llegar, de qué medida y categoría es la calidad de quienes toman las decisiones, cuando se revive y se le da cabida a un proyecto de especulación inmobiliaria, a todas luces de dudosa calidad moral, como el que originalmente se llamó Puerta Guadalajara, que nació de una tomada de pelo a la ciudadanía por quienes administraban –no eran dueños – la ciudad en tiempo de la Administración panista. Las muchas dudas que este dejó, nunca aclaradas, sobre la razón de entregar propiedades y recursos sociales a particulares- extranjeros -, caben entre las peores opciones de urbanización en muchas décadas. No solo por el deterioro ecológico y ambiental, por la afectación de bienes públicos, sino también por la abierta y cínica especulación que se pretendía, para lo cual las arcas sociales municipales servían. ¿Acaso no se dijo aquello de la opción de recobrar bienes públicos?

Ahora, a ese esperpento urbano se le da respiración y revive con el nombre de ICONIA, envuelto en la oscuridad de lo anónimo de las sociedades de ese rango, en colusión con ajenos intereses para quienes la ciudad, que es una construcción social, sirve solo para ganar dinero. Y eso pasa en la sala de recuperación del Municipio de Guadalajara, con la asistencia y cuidados de gestores y asesores particulares que cobran en el mismo sitio o similares. Bien dijo Paul Krugman (Premio Nobel de Economía, cuando escribió recientemente: nos equivocamos, tanta inteligencia reunida tomando decisiones necias. Ningún motivo particular es superior al bien común, que se resume también en lo que recientemente dijo el Papa Francisco acerca del dios dinero, y, sumamos, sus sacerdotes. No es posible que esto suceda a pesar de entender la necesidad de inversión externa, en medio de la recesión que sufre ya el país con el falso discurso de la creación de empleo, pues esa calidad de empleo no es permanente y solo sirve a unos pocos. ¿Qué significado tiene entonces, en términos éticos y políticos, ser autoridad designada por el voto popular? ICONIA sería una vergüenza más en la historia de la ciudad.