Sobre la mesa

El Derecho a la Ciudad

Hace ya casi medio siglo en que la explosión demográfica y la subsecuente extensión territorial de las ciudades, encaminadas hacia sus transformaciones modernizadoras, suscitaron un movimiento social de dimensión universal, convocado desde París, para enarbolar lo que atinadamente denomino Henry Lefevbre como "El derecho a la Ciudad"; que al mismo tiempo fue el título de su libro que se convirtió en símbolo y mensaje para muchas comunidades urbanas alrededor del mundo. Se trataba de dar un marco de recuperación social de las bondades del desarrollo urbano y de lo que se entendía como ciudad, sus intrínsecas cualidades históricas, sus cuadros de renovada identidad, frente a la despiadada forma de los tratamientos tipo bulldozer con los que operaban los constructores oficiales, los planes de urbanización y los especuladores. La ciudad se iba convirtiendo, ya entonces, según los debates críticos de aquellos años, en una operación de fragmentación territorial y de exclusión social institucionalizada. Cualquier parecido con nuestra realidad y la resultante que campea por el mundo, no es mera o cualquier coincidencia.

Las estructuras del poder, sus agentes especializados y dirigentes administradores del dinero, se encontraban entonces en aciaga y dedicada tarea de recomposición de sus métodos y formas de acumulación ante el importante fenómeno. El liberalismo sirvió entonces para reformular las reglas del juego y reconformar, desde la educación, los estratos profesionales útiles para generar lo necesario. El denominado "progreso" se convirtió en la clave del desarrollo con la industria a la cabeza. Fue ese uno de los primeros pasos, si se entiende, de la llegada posterior del dominio del neoliberalismo, más o menos treinta años después. Los mecanismos del mercado se pusieron en marcha y paso a paso llevaron a la ciudad a convertirse en sede de las mejores y de las peores condiciones de vida, a los que se fueron agregando los problemas ambientales. Pocos son los que han gozado sus beneficios, mientras muchos han ido quedando fuera de estos, y sobretodo si lo vemos críticamente, serán, de seguir así, muchos más los excluidos. Así, las ciudades han sido receptoras y medio de importantes transformaciones estructurales y sociales, plagadas de inequidad y desigualdades.

En París, una ciudad supervigilada por las amenazas de los Islamistas terroristas (¿serán los únicos?), se realizó la Reunión Cumbre sobre el Cambio Climático, la llamada CUP-21, a la que asistieron más de 150 mandatarios, y cientos de asistentes, especialistas y manifestantes, con el recuerdo de la fracasada reunión de Copenhague y los acuerdos establecidos en el Protocolo de Tokio, nunca cumplidos. A pesar y obstante los significativos esfuerzos realizados por algunos países, el problema es enorme y complejo. Y en medio de la retórica empleada por hace ya muchos años, se sigue sin tratar de resolver el fondo del problema. Es entonces, quizás, que creemos que habrá que regresar a esgrimir el llamado Derecho a la Ciudad, su significado, para volver a convocar la participación de la sociedad civil, ya que este derecho incluye todo aquello que conlleva vivir en comunidad y acceder a lo que la ciudad significa como valor de civilización, democracia y humanidad.

Por lo pronto, Feliz Año 2016..