Corredor Fronterizo

Dos paseos por Lisboa

Coincide que esta semana estoy en Lisboa, la capital portuguesa. Han pasado cuatro años desde la última vez que paseé por esta ciudad con una rica y larga historia, y aunque quizá sea poco tiempo, muchas cosas han cambiado.

En 2012 la ciudad estaba deprimida. Los efectos de la crisis económica y social que vive Europa desde 2008 eran evidentes. Paseando por sus calles era notoria la paralización de la obra pública y privada; habían quedado a medio hacer o rehabilitar edificios, equipamientos e infraestructuras. Símbolo de que la economía portuguesa, al igual que la de su vecino español, dependía demasiado de la construcción y la inversión inmobiliaria. Los servicios públicos se habían recortado y las calles lucían sucias y llenas de basura.

Ahora, en cambio, la ciudad está en ebullición. Muchas obras se han retomado e incluso se han emprendido nuevas. Los servicios de recogida y de limpieza se han reanudado. De hecho parece que el dinero fluye nuevamente con alegría, al menos entre las clases pudientes; en los barrios populares no tanto. Por doquier se ven carros nuevos; las tiendas y centros comerciales, y las pastelerías (¡benditos sean los pastelillos de Lisboa!) están llenos, y aún más durante el 8 de dezembro, la Imaculada Conceição, convertido en el inicio de la temporada navideña.

Habiendo preguntado por las causas, dos respuestas sobresalen. Portugal, en el contexto europeo, siempre ha sido uno de los países más baratos, pero con la recesión los precios cayeron aún más. Esto, al parecer, ha atraído a un creciente número de turistas e inversores. De los primeros doy fe; las calles del centro están llenas de españoles –allá el 6 y el 8 también son feriados– e italianos. Me cuentan que cada vez son más quienes se quedan a vivir. Muestra de ello es que hoy el 10% de los investigadores del Instituto de Ciências Sociais, donde participé en un congreso, son italianos. Y actualmente el Algarve, la región sur de Portugal, es líder en jubilados británicos que deciden permanecer buena parte del año, habiendo ya superado al sur de España, que por mucho tiempo fue su destino principal.

La segunda causa es coyuntural: en 2017 habrá elecciones en el país, y en opinión de quienes me explicaron, el gobierno se está apresurando en realizar grandes obras, como las remodelaciones de la Avenida República y de la Praça Saldanha, en cuya cercanía estoy hospedado. Las consecuencias a la movilidad son notables; como reza un cartel instalado en medio de la vía pública Calendário eleitoral=Tránsito infernal. Pero no todo son quejas; el gobierno municipal ha engalanado la ciudad con adornos navideños como nunca antes. ¡Hasta me recomendaron visitar el inmenso árbol lumínico de la Praça do Comércio!

El aumento del turismo, pero también la depauperación de las clases populares son paralelos a otros cambios. Tanto en 2016 como en 2012, en los barrios del centro, en cada esquina y boca de Metro hay jóvenes vendiendo marihuana, cocaína y otros estupefacientes. No hace falta acercarse a ellos; ellos se acercan. Son bien visibles y hasta ya parecen formar parte del encanto de la ciudad. Al verlos operar tan abiertamente uno se pregunta por la actitud de las autoridades públicas. Según parece este pasado verano la policía desmanteló una red de tráfico lisboeta. En todo caso desde 2013 el consumo de éxtasis en la ciudad se ha multiplicado por cinco, y el Observatorio Europeo de la Droga y la Toxicomanía indica que Lisboa se sitúa en el puesto 16 (de un total de 67 ciudades) en consumo de drogas.

Quizá sean las luces de Navidad que inducen al consumismo. Por lo pronto, voy a disfrutar de mi último paseo.

Xavier Oliveras González

Profesor-Investigador de El Colegio de la Frontera Norte