Corredor Fronterizo

Del norte bronco al norte violento

El norte siempre ha sido asociado a lo bronco, a lo emprendedor y trabajador. Los regiomontanos han sido constituidos en el prototipo de este norte. No obstante, a la par del regiomontano, existen otros tipos norteños que comparten distintas características que los homogeniza. En esta nota me referiré al noreste, conformado por Coahuila, Nuevo León y Tamaulipas. Los flujos poblacionales para trabajar, convivir o bien para el descanso son bastante comunes. Esta región ha sido relevante tanto a nivel nacional como internacional desde el siglo XX en cuanto a desarrollo económico. Sin embargo, el desarrollo social y político no ha ido aparejado al económico. Los tres estados se integraron tarde a la denominada alternancia democrática. Nuevo León y Tamaulipas han entrado a esta alternancia, en Coahuila persiste el dominio de un partido. En esta desigualdad, la violencia parece desempeñar un papel relevante. Detrás del norte bronco ha existido una violencia estructural que se ha instalado como algo normal en los distintos ámbitos.

En la parte política persisten las organizaciones corporativas, el clientelismo, en donde se exalta el apoyo a funcionarios, gobernantes, líderes por el premio o el castigo más que por el desempeño de sus funciones. En estas prácticas, el diálogo, la transparencia y la rendición de cuentas parecen no existir. La violencia se ha utilizado para imponer decisiones y terminar con disidencias. La historia sindical como dijo un líder neolaredense de los años cincuenta, se arreglaba, y se sigue arreglando “con pistola al cinto”, antes que buscar el consenso. Esta violencia se extiende a lo público, las armas están primero que la razón. En el noreste una regla básica para conducir, al menos en Tamaulipas, es no usar el claxon, porque “puede costar la vida”, como me dijeron los instructores cuando aprendí a manejar.

También es una región donde la equidad  entre hombres y mujeres ha tardado en llegar. En ellos, a pesar de los avances en educación, salud y otros indicadores, existe una profunda subordinación de las mujeres, reforzada por la reproducción inconsciente, o tal vez consciente, de las mismas mujeres que siguen preparando al norteño bravo, emprendedor, trabajador, pero violento y poco comprometido con las labores cotidianas y cívicas. Por el contrario, en estos espacios se educa a la mujer para ser una buena y bonita esposa. Esto lleva a una sociedad en donde el hombre se convierte en el que manda, el que ordena, y la mujer no discute, no cuestiona, se dedica a cuidar a sus hijos y su aspecto físico. Ellas buscan un esposo que les dé camioneta, viajes y todo lo que el dinero pueda cubrir, aunque para ellos sean un mero objeto sexual, más que una compañera, basta ver la televisión y los comerciales en el noreste, para ver como las mujeres son apreciadas más por la perfección de su cuerpo o lo corto de su vestido, que por su talento. El problema mayor es que los hombres al dar estos beneficios se sienten propietarios de las mujeres, las controlan, las sancionan y las golpean. Sin embargo, la violencia doméstica en estos espacios sigue visualizándose como algo privado, aunque sea un problema público. Dado lo anterior, lo acontecido en Monterrey, en el ataque de un jovencito a su profesora y compañeros en su salón de clases, puede ser una expresión de esos espacios cotidianos y públicos donde la violencia, el uso de las armas parece lo más común, y también puede ser reflejo de una sociedad que ha privilegiado más los bienes económicos que la convivencia familiar y social.

Cirila Quintero Ramírez

Profesora-Investigadora de el Colegio de la Frontera Norte Matamoros