Corredor Fronterizo

Un día en el Cereso de Apodaca

Las instrucciones eran claras: “zapato cerrado; mezclilla azul (no negro) y playera, blusa o camisa de cualquier color menos negro, naranja, verde; sin aretes, reloj, pulseras, bolsa, llaves, celular, usb, nada de aparatos electrónicos; no falda, no short, no playera de tirantes, no transparencias, solo una libreta y un lápiz”. Se trataba de una visita al Cereso de Apodaca, esto gracias a las gestiones de un colega profesor de la UANL.

Al llegar, los vigilantes examinaron la lista que se les había enviado, observando que los nombres correspondieran a las personas que entrábamos, después, llegó la revisión corporal. Dos guardias femeninas inspeccionaron a las mujeres y dos masculinos a los hombres. Las mujeres nos sentimos aliviadas cuando esta exploración no fue más estricta que la que se realiza en los aeropuertos. Recogieron nuestras identificaciones y nos entregaron gafetes, también nos aplicaron una tinta indeleble en el brazo, lo cual es una medida de seguridad para identificación en caso de que hubiera algún problema en el penal. Las puertas se cerraban y estábamos adentro.

Fue un día de muchas lecciones. La primera: a pesar del entono, hay una gran cantidad de personas productivas, las cuales se dedican a elaborar diversos artículos. El encargado de los talleres es un ejemplo de superación: estaba por titularse de ingeniería civil por la UNAM. Gracias al apoyo de las autoridades universitarias había podido continuar sus estudios y estaba a punto de presentar su examen profesional. Nunca supimos por qué estaba ahí ni el tiempo que le restaba.

Conocimos el área de adultos mayores, que es un espacio nuevo, la versión que nos dieron es que varios señores se incomodaban con la convivencia con jóvenes y solicitaron un lugar aparte, fue al único dormitorio al cual pudimos acceder. Vimos cómo aún en esas circunstancias, las personas tratan de dar un toque personal a su entorno: fotografías, imágenes religiosas, libros. No podíamos dejar de pensar cómo estos adultos mayores pasarían sus días y sus noches, ¿por qué estaban ahí? ¿Quién los visitaba? Fueron preguntas que quedaron en el aire.

En algún momento, al cruzar el patio escuchamos la ceremonia religiosa que se llevaba a cabo en un sitio diseñado para ello, como era sábado había un área donde las familias convivían con sus internos: con el padre, el hermano, el esposo, el novio. Gran cantidad de niños jugaban y se daba la venta de todo tipo de comida. Fue ahí, donde observé la mirada de temor de uno de los vigilantes que nos acompañaban: entre tanta gente no podían perder de vista a las visitas.

Pasar de un espacio a otro era estar bajo el escrutinio de muchas miradas, nos explicaron cómo dividen a la población y también supimos que había espacios restringidos: desde lejos se asomaban esas vistas que seguían al grupo de extraños que caminaban guiados por las autoridades.

La última sección en conocer fue el área de rehabilitación, donde voluntariamente los internos que tienen alguna adicción se someten a un tratamiento que dura varios meses, aislados del resto de los internos y sin visita de sus familias. Platicamos y convivimos con varios de ellos: jóvenes de la misma edad que los estudiantes que los visitaban.

Al terminar el recorrido y salir de nuevo a la calle, las puertas se cerraron detrás nuestro y la vida continuaba para todos. Ese día aprendimos que las personas que por alguna razón se encuentran en reclusión son seres humanos, con nombre y apellido, con familia y muchos con deseos de superación. Entonces, ¿qué es lo que ha fallado en nuestro sistema penal y de reinserción social?

Socorro Arzaluz Solano

Profesora-Investigadora de El Colegio de la Frontera Norte-Monterrey