Corredor Fronterizo

Un altar para la frontera norte

El 2 de noviembre los mexicanos conmemoramos a nuestros muertos; una milenaria tradición que varía de acuerdo a las regiones. En las zonas indígenas esta celebración expresa la fusión de ritos religiosos prehispánicos y católicos que, por su gran arraigo, la UNESCO los incluyó en la lista representativa del Patrimonio Cultural Inmaterial de la Humanidad.

En la frontera norte, la diversidad cultural de sus pobladores, y su propia ubicación geográfica, pone de manifiesto la heterogeneidad cultural mexicana de la festividad a los muertos. Esta costumbre se entremezcla con la celebración del Halloween estadunidense y la reinterpretación mexicoamericana de estas tradiciones, en ambos lados de la frontera.

Pero en la franja fronteriza la muerte no sólo se festeja con altares, ofrendas, rezos, calaveritas, disfraces, dulces o trucos, también se padece cotidianamente; desde Tijuana hasta Matamoros.

Durante muchas décadas, cientos de migrantes en busca del sueño americano han fallecido a bordo del tren La Bestia, al caminar por el inhóspito desierto, al saltar el implacable muro fronterizo, al atravesar las traicioneras corrientes del Río Bravo, al huir de la patrulla fronteriza o de la persecución de algunos rancheros americanos.

Desde hace dos décadas, cientos o quizá miles de mujeres han muerto en la ciudad fronteriza de Juárez; los feminicidios han sido tan frecuentes, tan brutales, tan atroces que es imposible seguir ocultando la perversión y la saña de que es capaz el ser humano.

Durante los últimos años, miles han muerto en una violenta guerra contra el narcotráfico que parece interminable y que deja al descubierto que el cuerpo humano ha sido desacralizado: mutilaciones, vejaciones y desmembramientos se acompañan de mensajes muy directos que pretenden justificar la barbarie.

Tal vez los 72 migrantes masacrados por el crimen organizado en San Fernando, Tamaulipas, son la expresión más terrible de la vulnerabilidad de la población que transita y vive en la frontera norte. Estas muertes jamás deben olvidarse porque el olvido se convierte en tolerancia, aceptación e indiferencia ante el sufrimiento humano.

A estas dolorosas muertes fronterizas se añaden los cientos de desaparecidos de quienes se sabe que tenían un punto de llegada al que jamás arribaron. Los desaparecidos son una suerte de almas en pena. ¿Cómo puede encontrarse el consuelo del descanso eterno de un alma, si su cuerpo se encuentra en un limbo terrenal?

Este dos de noviembre pongamos un altar para la frontera, hagamos una ofrenda y dediquemos un minuto de silencio para sus muertos, porque ellos también son nuestros muertos.  

Artemisa López León

Investigadora de El Colegio de la Frontera