Corredor Fronterizo

Vámonos al mercadito

Esa tarde es diferente. La calle que de día luce llena de autos y de noche es peligrosa, hoy está llena de vida. Esta tarde nos vamos al mercadito.

Algunos de mis vecinos se convierten ese día en vendedores y otros en compradores o paseantes. Los automóviles desaparecen de la calle ese día.

Las vías del tren a lado del mercado, donde no nos dejan ir otros días, hoy son permitidas. Camino detrás de mi hermana siguiéndola sobre una vía con un pie tras otro, cayéndome. Ella va como en una pasarela, mientras la anciana del tejabán de enfrente y su nieta le aplauden entretenidas su caminar altivo.

A mi hermana le gusta visitar en el mercadito el puesto de doña Esperanza y ver la ropa que acaba de llegar del otro lado, estar ahí cuando abren la paca, ver diademas, comprarse maquillaje. A veces con 20 pesos se trae a la casa una buena blusa, como nueva tras una lavada.

Cuando voy con mamá, ella escoge verduras, algo de chile piquín, conejina para Blas, alpiste para Gurrumina y una maceta con amorcitos.

Al caer la noche, mi papá nos alcanza en el mercado, pues ese día no se cocina. Cada quien escoge entre los tacos a vapor o de bistec, o bien las tortas de carnitas de puerco o de trompo. También hay flautas, enchiladas o gorditas. Si no traemos mucha hambre, pedimos unas tostadas preparadas o un elote asado en leña con mayonesa y chile. Si queda espacio, unos churros calientitos rellenos de chocolate o cajeta, bien revolcados en azúcar con canela.

Mientras comemos, por toda la Vía a Tampico se escuchan los sonidos de un acordeón y una guacharaca. Un joven canta vallenato y va pasando una alcancía entre los puestos. Mientras todos cenamos, la canción se le pega a mi hermana, quien cierra los ojos y tararea:

“Y en el viento, me dejas un suspiro y mi silencio me grita que estoy muriendo por dentro. ¡Confiesa que eres tú mi gran amor, mi gran amor! Qué tristeza, flor no pude quitarte las espinas, yo mismo he cultivado mis heridas, yo mismo me declaré perdedor, al quererte cambiar, ¡pero tú solo juegas con mi amor!...”.

Mi papá y yo nos vamos a la casa y mi mamá y mi hermana se van a la lotería, deteniéndose varias veces a saludar y platicar con amigas. En el camino mi papá compra en un puesto un juego de desarmadores usados y me cuenta llegando a mi casa muy emocionado lo bien que lo regateó.

Son las 11 de la noche. Por el megáfono se escucha a una señora dar las cartas. Es el único ruido a esa hora por las vías. ¡Buenas por allá con la Chalupa!, grita la señora. Mi mamá y mi hermana llegan más tarde a casa, quejándose de que nunca salió la dichosa Sirena. Mamá le dice a mi hermana que la próxima semana escogerán otras cartas. Yo pienso que la próxima semana no comeré tantos tacos.

JESÚS RUBIO CAMPOS

Profesor-Investigador de el Colegio de la Frontera Norte