Corredor Fronterizo

Promesas y decepciones en el caso Kia Motors

La construcción de la planta de Kia en Pesquería está terminada, pero no puede empezar la producción piloto de autos debido a que no cuenta con el suministro de servicios básicos y aún un gaseoducto cruza su terreno. A un año del anuncio espectacular realizado por el presidente Peña Nieto y el ex gobernador Rodrigo Medina, de que la empresa coreana Kia Motors realizaría una inversión de mil millones de dólares y generaría 3 mil empleos, podemos evaluar los términos y condiciones en que realmente se negoció esa inversión. Pasada la euforia nos damos cuenta que a fin de atraer inversión extranjera directa, el Gobierno Federal, Estatal e incluso municipal se comprometieron y ofrecieron un sinfín de incentivos económicos a los coreanos.

Los acuerdos firmados entre el gobierno mexicano y Kia permanecieron bajo secreto y sólo se dieron a conocer durante el gobierno de transición. Así nos enteramos que el Estado dio en donación un predio de 500 hectáreas para la construcción de la planta, el municipio de Pesquería otorgó la condonación del pago de predial por 5 años y la condonación de la licencia de construcción que asciende a 200 millones de pesos. Si esto no hubiera sido suficiente, el Gobierno Federal puso un monto de 2 mil 400 millones de pesos y el Gobierno Estatal mil 600 millones de pesos. No conozco país en el mundo donde se ofrezcan condiciones tan excelentes a los inversionistas extranjeros, sobre todo porque no existe un compromiso explícito de Kia de pagar salarios reales competitivos, de reinvertir sus ganancias en el país o de incorporar algún porcentaje razonable de insumos nacionales.

En una incomprensible sabiduría, los negociadores y promotores de inversión en México consideran que, en automático el establecimiento de una empresa extranjera impulsará el desarrollo económico y mejorará la calidad de vida de la población. El mejor ejemplo es el caso de la industria maquiladora que se estableció como un programa de "industrialización fronteriza". La maquila nunca logró crear cadenas de proveedores nacionales que permitiera la proliferación de empresas manufactureras locales. Su propósito siempre fue ensamblar y aprovechar únicamente el insumo laboral. El problema que aún persiste es la mentalidad de que las empresas extranjeras que llegan a una región en México tienen la obligación de estimular el crecimiento económico. En realidad el objetivo de una empresa racional y competitiva a nivel mundial es maximizar sus utilidades. Si éste no fuera su propósito, entonces esa empresa estaría destinada al fracaso. El Gobierno mexicano insiste en otorgar grandes estímulos a las empresas extranjeras, sobre todo del sector automotriz, donde México es el primer productor de autos en América Latina y el séptimo a escala mundial. Por ejemplo, este año Puebla donó 460 hectáreas en San José de Chiapa a Audi y el gobierno de Guanajuato donó a Toyota 500 hectáreas. La inversión extranjera se debe estimular, pero en condiciones similares a la inversión nacional. Si el sector automotriz se ha colocado en los primeros lugares a nivel mundial, el éxito se lo llevan las empresas automotrices y no México, todas son extranjeras. La inversión extranjera es deseable, pero debe verse como complementaria a la nacional y no como pilar del desarrollo económico de las ciudades donde llega. En fin, la ineptitud del gobierno se ha mostrado no sólo en las negociaciones que tuvo con Kia, sino también en los compromisos que se adquirieron, pues el Gobierno Estatal y municipal han amenazado con dar marcha atrás a las obligaciones adquiridas por el Gobierno de Rodrigo Medina.


Belem Vásquez
Profesora-investigadora de El Colegio de la Frontera Norte en Monterrey