Corredor Fronterizo

Corrupción legal

Combatir la corrupción y la impunidad nos exige, pues, rebasar las visiones legaloides.

Eran tiempos de Luis Echeverría. El candidato a gobernador hacía su campaña. Visitaba los ranchos en una época de invasiones para quitar tierras a los rancheros, repartirlas luego a ejidatarios de otros estados y continuar así con la justicia de la Revolución.

En cada rancho, el futuro gobernador no hacía promesas de campaña sino revisaba las reses del anfitrión. Identificaba las mejores 40 y le decía al anfitrión que se verían muy bien allá en su rancho al día siguiente. El ranchero entendía que debía regalárselas, o dos días después sufriría una invasión. Perdería no sólo sus mejores reses, sino sus tierras. Ahora bien, el futuro gobernador sólo expresaba sus deseos. Y si los rancheros le daban sus reses, lo hacían libremente. “No quebrantaba la ley”.

El candidato no sólo visitaba ranchos, además visitaba hospitales para los más desfavorecidos. En uno admiró unas enormes calderas nuevas para bañar con agua caliente a los enfermos. Le dijo al director del hospital que se verían muy bien en su rancho. Éste sabía que no sólo perdería su cargo sino también cualquier empleo si no cumplía sus deseos de inmediato. Pero el ya gobernador sólo expresó un deseo, no quebrantaba la ley. Si el director le enviaba las calderas (para que las usase tal vez para bañar a sus reses) lo hacía él libremente. Si este director al enviarlas sí robaba, para su tranquilidad el gobernador no lo perseguiría pues nombraba jueces y policías que se hacían de la vista gorda.

De este gobernador se habló mucho. Pero sus corruptelas no lo serían en términos legaloides. Un día antes de la devaluación de 1976 se le informó que cambiase el tesoro del Estado de pesos a dólares para que una vez ocurrida la devaluación cambiase los dólares por pesos y se quedase con la diferencia. Desde la perspectiva legaloide, la cuenta de su Estado permanecía con los mismos pesos anteriores a la devaluación. Sin embargo, gracias a la información privilegiada, su acceso a las cuentas del Estado y su truculenta operación bancaria, se embolsó muchos millones.

Y no podía uno quejarse. Según la corrección política de entonces, las invasiones de tierras para castigar a los reacios, los bloqueos de vías de comunicación, la destrucción de propiedad, los secuestros, extorsiones y aun asesinatos, todo ello no era impunidad ni corrupción, sino justicia de la Revolución.

Tal vez, desde la perspectiva legaloide, este político sí cometió muchos delitos. Se dijo que cultivaba mariguana en su rancho y que en su mismo rancho recibía los autos robados en Texas para exportarlos, en un avión ballena privado, a Venezuela, donde los vendía de manera muy redituable. Pero ningún juez ni ningún procurador de justicia, por deberle al gobernador sus nombramientos, lo investigarían. Desde la perspectiva legaloide no hubo así nunca ningún dato judicial que las instituciones que se encargan de la justicia presentaran formalmente en un tribunal.

Hoy, según las mismas visiones legaloides, no hay ninguna corrupción ni impunidad en México. Aunque nuestros políticos sigan enriqueciéndose inexplicablemente, no cometen ningún delito. Y pueden alardear su riqueza en revistas como Hola! No hay tampoco corrupción o impunidad aunque grupúsculos políticamente correctos sigan secuestrándote, destruyendo tu propiedad y amenazándote si te enojas. Sucede que ellos son el verdadero pueblo.

Combatir la corrupción y la impunidad nos exige, pues, rebasar las visiones legaloides y las distorsiones ideológicas. Nos exige empezar a definir y buscar con mayor celo lo que es en verdad la justicia.

ARTURO ZÁRATE RUIZ

Profesor-Investigador de el Colegio de la Frontera Norte