Corredor Fronterizo

Cartuchos quemados en Matamoros

En 1993, Daniel Nugent publicó el libro Spent Cartridges of Revolution. En éste planteó un debate sobre la formación del Estado. A la luz de un estudio etnográfico realizado en un pueblo fronterizo de Chihuahua, considerado la cuna de la Revolución Mexicana, sometió a reflexión la noción weberiana del Estado como la institución que tiene el monopolio del uso legítimo de la violencia en un territorio, así como aquellas nociones marxistas sobre el Estado como obstáculo al capitalismo. A lo largo del siglo XX y en lo que va del XXI, Matamoros, como otras ciudades mexicanas donde la violencia se ha recrudecido, es un ejemplo de procesos de formación del Estado. No obstante, en esta ciudad fronteriza, quizás por ser la cuna del Cártel del Golfo, la idea del Estado como un fetiche o entidad autónoma, ha quedado en entredicho, tal como se muestra en Historias de polvo y sangre, libro reciente de Carlos Antonio Flores.

Por un lado, el monopolio del uso de la violencia por el Estado está en duda: si bien es común ver convoyes y saber de operativos realizados por las fuerzas armadas, también lo es ver o saber de aquellos que lleva a cabo el crimen organizado. Incluso, a través de medios de comunicación y redes sociales, es posible comprender cómo tanto el Estado como los grupos criminales hacen uso de la violencia, ya sea entre sí o contra grupos antagónicos. No obstante esto no es nuevo: se trata de luchas históricas, de disputas y contubernios. Por otro lado, la idea de que el Estado es un obstáculo dentro del sistema capitalista, al menos en Matamoros también puede ser cuestionado: desde el auge algodonero en los años cuarenta hasta la llegada de industrias maquiladoras en los sesenta, e incluso el arribo reciente de compañías extranjeras interesadas en la explotación petrolera en la Costa, son una muestra de cómo a nivel local se ha hecho visible el capitalismo y de las negociaciones y políticas binacionales entre México y Estados Unidos.

Sin embargo, en esto último el crimen organizado también ha tenido injerencia: la economía delictiva ha pasado del negocio de las drogas y las armas, al de la migración clandestina; el robo y venta de gasolina de Pemex; el secuestro, robo de autos, cuotas a trabajadores y empresarios, etc. En esta economía no sólo han corrompido o forzado a agentes del Estado, sino también empleado a innumerables personas de la región, quienes desempeñan diversas funciones dentro de la estructura y jerarquía delictiva. Tal vez por ello, a pesar de los operativos y estrategias de seguridad en la zona norte, la violencia y el crimen organizado persisten.

No en balde, en su visita reciente a Matamoros, el secretario de Gobernación expresó que “ha sido difícil la zona norte, ha sido difícil Matamoros”, instando a reforzar una estrategia de seguridad integral. Con su presencia, y la del Gabinete de Seguridad en general, quedó de manifiesto que hasta la fecha dicha estrategia ha sido fallida y se reconoció la capacidad del crimen organizado para desestabilizar las ya de por sí frágiles instituciones del país.

Visto así, el argumento de Nugent fue y sigue siendo útil: a nivel local es posible comprender que los conflictos y las disputas entre instituciones, grupos y actores sociales por estructuras de poder hacen visible la formación del Estado, pero también que éste es cuestionado, confrontado y redefinido por los mismos, tanto a nivel estructural como en la vida cotidiana. A final de cuentas, los cartuchos se han quemado en Matamoros, pero aún se escuchan las detonaciones de armas y de discursos múltiples en esta ciudad fronteriza.

ÓSCAR MISAEL HERNÁNDEZ HERNÁNDEZ

Profesor-Investigador de el Colegio de la Frontera Norte