Corredor Fronterizo

"Bullying"

Desde el kínder hay que ser rudo y decir palabrotas para ganar aceptación. Puto, pendejo y puñetas son apenas palabritas. Traer zapatos o mochila nuevos significa pisotones y lodo en abundancia para convertirlos en viejos de inmediato. Juegos aun inocentes son peligrosos. En el brinco a la burra un corpulento te puede romper la espalda y matarte. En “bolita, bolita” no son pocos los desmayados tras el aplastamiento. Muchos amigos tontos de hoy así lo quedaron, creo, tras recibir pamba rusa. Hay mayores riesgos. De chico brincábamos de un techo a otro. El abismo más angosto era de metro y medio. Yo quedaba a veces colgado de la cornisa, pero no me quejaba. Si eres rudo, te aguantas.

Desear aceptación orilla a algunos marginados a admitir las peores humillaciones. Uno sobó los testículos de un perro y permitió que le pusieran un cohete encendido en su asiento por una promesa, no cumplida, de amistad. De grande este niño se suicidó.

El bullying lo practican aun las santurronas inadvertidamente. Al defender a la víctima lo exhiben como más debilucho que las niñitas bien que lo consuelan.

En secundaria, por torpe y gordo, yo era víctima fácil de los bullies. Pero el trato era igual para todos. Una compañera rodó desde lo alto de una pirámide y sólo obtuvo burlas. Los apodos racistas o clasistas eran los amables. Los más groseros eran para los maestros y tus padres. Los juegos eran cochinos como bajarte los calzones y escupirte todos en tus genitales; también dolorosos, como pegar y quemar un chicle bajo tu asiento (broma extensiva a maestros). O eran de sumo peligro como varios atraparte de los pelos y balancearte, en la secundaria vieja, desde lo más alto de la escalera. Arriesgaban desnucarte o que cayeras.

¿Cómo lo evitabas? Una vez mi hermano se quejó de un bully y mamá le ordenó callarse o callarlo. Al día siguiente mi hermano llegó temprano, lleno de sangre a la casa, pero muy feliz, pues tras darse de trompadas el fastidioso quedó peor.

Lo más recomendable era evitar los bullies, y aun los pedófilos, pues hay maestros así. Pero algunos compañeros míos se les acercaban para fastidiarlos. Simulaban ser sobados de las nalgas y exponían así a los mañosos a las burlas de sus alumnos.

En la prepa no puede argüirse ya inocencia, y aumenta la peligrosidad. Las novatadas eran lo menos grave. Algunos compañeros míos cargaban además armas y golpeaban a los maestros. No hablemos de las universidades donde pervive el porrismo y sus practicantes son ya mayores de edad, es decir, castigables con todo el peso de la ley. Las procuradurías de justicia parecen ignorarlo.

Pretenden, sin embargo, los legisladores frenar esa agresividad tal vez natural mediante la cárcel a los niños bullies. He allí que en escuelas modernas no se castiga al muchachito, sino al padre o maestro por traumarlo tras apenas levantarle la voz. Me dan entonces ganas de ser bully y llamar putos, puñetas y pendejos a los legisladores magos.

ARTURO ZÁRATE RUIZ

Profesor-Investigador de El Colegio de la Frontera Norte en Matamoros