Perfil de mujeres

Lillian

Lillian Hellman (1905-1984) es una de las heroínas de mi vida por su valentía para enfrentar el macartismo que cundió en Hollywood como una peste con la que todos fueron contagiados. Pocos como ella y su compañero, Dashiell Hammett, encarnaron la dignidad (decencia decía Lillian) de no arredrarse.

Nacida en el sur de EU en una familia avara pero muy rica, no tuvo problemas para contar con una formación sofisticada. La que estropeaba todo, era ella misma, a causa de su carácter ferozmente independiente y una ira que la arrebataba cuando menos se pensaba. Ira que la sumía en la soledad más espantosa luego de estallar y arrasar con cuanto ser o cosa se le ponía delante.

Comienza a escribir alrededor de los años 30 y se casa con Arthur Kober, del que se separa poco después. Es la época en que soslaya sus actividades no creativas como la publicidad sin dejar no obstante de seguir un tiempo como crítica literaria, y comienza a escribir. Es la época en que se traslada a Hollywood y conoce a quien será el compañero de su vida, el gran escritor que inaugura el policial negro, Dashiell Hammett, hasta la muerte de él acaecida en 1961. 

He leído acuciosamente su larga autobiografía que se divide en tres partes: Una mujer inacabada, Pentimento y Una mujer con atributos. He pasado días envuelta en el encanto de su pensamiento y sus actos. Difícil encontrar a una mujer tan sincera para con el prójimo, no sé si para con ella misma. Lo cierto es que su relación con el autor del Halcón maltés es de una profundidad inenarrable. También es sorprendente el modo franco en que Lillian admite que siempre en sus obras mientras Dash estaba vivo estuvo presente su influencia, sus correcciones, su crítica mordaz. Incluso le proponía temas, y su primera obra de teatro parece ser el resultado de una historia que le regaló. Precisamente esa su primera obra la recuerdo muy bien puesto que fue llevada al cine con Audrey Hepburn y Shirley MacLaine en los papeles centrales. El texto es de 1934 y trata lo que es sumamente sorprendente para su tiempo, una supuesta relación lésbica entre ambas protagonistas. En español se llamó La Calumnia, en Argentina la vimos bajo el título de La sospecha infame.

Reconozcamos que tanto Hammet como Hellman habitaron en el corazón del Hollywood más mítico, ese donde con igual facilidad se ganaban y perdían millones con las grandes producciones. Ese de las grandes borracheras que duraban días donde las fortunas se hacían humo en un instante.

Pero lo que nunca sospechó Lillian es que todo eso pudiera irse al demonio, que sus amigos más queridos, que toda una comunidad que aparentemente fluía con fraternales vínculos iba a ser rota por la persecución al antiamericanismo que inaugurara Truman y que fue en aumento hasta llegar a la colosal persecución ejercida por el senador McCarthy, dando lugar a la más despiadada guerra entre intelectuales atemorizados por perder sus prebendas que fueron capaces de los actos más ignominiosos de denuncia y calumnias como Elia Kazán o Clifton Odets.

Por fin luego del asco hasta el vómito, de nervios hasta quedar muda, e innumerables ensayos respecto de qué decir ante el Comité de Actividades Antiamericanas con su abogado, Lillian fue citada en mayo de 1952. Teniendo en cuenta que alguien censurado por el gobierno ya no encontraba empleo, quedó en la calle y tuvo que vender su granja que era la joya de su corazón y la de Dash, por esa época preso por las mismas razones.

En el juicio de Lillian sin embargo sucedió algo extraordinario según expresa ella misma, y eso la salvó: en la enorme sala, detrás de las bancas de los periodistas y muy al fondo se oyó una voz tronar ¡Gracias a Dios que alguien tuvo agallas para hacerlo! La acusada se había negado a dar nombres de personas que hubieran participado en alguna asociación, comité, partido, con carácter político, por medio de una carta que entregó previo a la cita con el Comité y que fue repartida por su abogado en esa sesión.

Lillian Hellman no solo es considerada la más grande dramaturga de EU sino que plantó un precedente ético que permanece hasta el presente como una bandera, de decencia diría Lillian, y lo repito porque creo que es lo que hemos perdido por estos tiempos.

coral.aguirre@gmail.com