Perfil de mujeres

Ellen

“No woman Veronese looked upon

 Was half so fair as thou whom I behold.”

Oscar Wilde


Siempre me obstino en buscar en disciplinas artísticas que se fundan en la figura principal del hombre, mujeres que hubieran podido estar a la par y no obstante sus nombres se olvidan continuamente; esto sucede en cine, en música y en teatro, especialmente. Alguna vez un director mexicano de mucho prestigio me manifestó con cierta prepotencia que el teatro mexicano era femenino. Me quedé con la espina. En una convención de mujeres artistas le pregunté a Julieta Egurrola a quien admiro mucho, cuántas mujeres la habían dirigido en su larga carrera. Hizo una pausa y con la autenticidad que la caracteriza respondió sorprendidísima: ninguna.

Ellen Terry (1847-1928), actriz inglesa de enorme fama y maestra poco reconocida, es una de esas excepciones. Por su parte, mi maestro Eugenio Barba nos dijo alguna vez que era nuestra abuela teatral, como si supiera de ella mucho más de lo que aparece en sus notas biográficas. Nacida en el seno de una familia dedicada al teatro, junto con sus hermanos y hermanas fue destinada a la escena, como sucede también en esta parte del mundo con la tradición artística familiar. A los 8 años debutaba nada menos que al lado de Kean, el gran actor que será seguido por John Irving, cercano a Garrick, y a esa pléyade teatral que los teatristas conocemos de memoria. Ellen como Sarah Bernhardt, como Eleonora Dusse y otras muchas, será célebre ante todo por sus amores con hombres famosos. Lo de siempre.

Las noticias sobre ella insisten en nombrarla sobre todo porque fue la madre de Gordon Craig, hijo ilegítimo de Edward W. Godwin. Antes estuvo casada con el pintor Watts con quien permaneció solo diez meses. Ella tenía 16 años y él era un viejo de 46, según la época. Oscar Wilde la adoraba y nuestro epígrafe pertenece a un soneto que le dedicó. Cuánta banalidad la que describimos lejos de un estudio que potencie su figura de artista y de maestra, de directora del Teatro Imperial junto a su hijo Gordon y de su conocimiento de Stanislawski y otros grandes pensadores del teatro.

Se subrayan más sus ocurrencias como aquella de querer hacer Ofelia con vestuario en color negro que lo que yo misma he visto de su trabajo actoral en breves fragmentos que denotan una artista sin estridencias, en la plenitud de la creación escénica, ajena al melodrama propio de su tiempo. Sobria y honda jugando sus famosos roles con el que fuera su autor por antonomasia, Shakespeare. Cuando dirigió el Teatro Imperial se inclinó por Shaw porque era su admiradora y amiga, y por Ibsen porque su olfato teatral  veía en él, el más grande de los dramaturgos del siglo XIX.

Es curioso lo que sucedió con su hijo Gordon Craig, nacido de su vientre y de su arte, como debía ser diría el psicoanálisis, si bien en su primera etapa se inclinó por la escena donde los actores son el eje de esa dimensión ficcional en un espacio y tiempo reales, en su madurez rechazó poco a poco las convenciones teatrales para terminar abogando por un teatro sin actores. Vale decir, sin su madre, considerada la más grande actriz de su tiempo.

Un testigo, biógafo y amigo de Oscar Wilde relata así el impacto de su presencia en escena: “Yo asistí a aquella memorable representación y salí del teatro tan impresionado que estuve un buen rato sin darme cuenta de nada. Al verla en su papel de Margarita me acometió, de pronto, una gran pasión amorosa por Ellen Terry –que entonces no era mucho más joven que mi abuela…”.

Durante dos décadas John Irving y Ellen Terry formaron la pareja más famosa de actores encarnando la mayoría de las obras de Shakespeare. Se peleaban por cuestiones del trabajo escénico y volvían a apaciguarse. Cuando él muere en 1905, su muerte la afecta tanto que deja la escena por unos años hasta recomenzar luego en una nueva versión: se ha vuelto internacional y multiplica sus talentos en giras, en grabaciones y finalmente en el cine. De su herencia y su sangre nos quedan los trabajos inefables de Sir John Gielgud, su sobrino. También ella lleva la gran cruz  de la Orden del Imperio Británico.

Su último papel, la nodriza de Romeo y Julieta en 1919. Está enterrada en la iglesia de los actores, en Covent Garden, la iglesia de St. Paul.