Perfil de mujeres

Consuelo

Me gusta el camino que conduce al tesoro, más que el tesoro en sí

Consuelo Sunsín

La sugerencia de Cardoza y Aragón sobre la semejanza entre la europea Alma Mahler y la latinoamericana Consuelo Sunsín (1900?-1979) me llega tarde. Ni bien advertí de qué estaba hecha la segunda supe que tenía su par del otro lado del Atlántico. Incluso en la feroz huida ante la invasión alemana a Francia, deben haber incurrido en los mismos senderos y el mismo puerto sin saberlo.

Consuelo nace en San Salvador en un pueblito rural llamado Armenia donde pierde sus días, su belleza, su inteligencia. Ha nacido para la vulnerabilidad de los espacios, para el vuelo. Hace breves estudios en un colegio de California donde es enviada por sus padres y cuando regresa, aparentemente lo hace casada, cuestión que no se puede confirmar. La quietud de sus días se ve sacudida por su ardiente imaginación que construye un mito de cada cosa que le sucede, como el terremoto de su infancia. Para colmo es asediada por el abogado del pueblo a quien ella le da el mote de Pantaleón para burlarse, poniéndolo a la altura de un personaje de la Commedia dell’Arte, viejo, ridículo y lascivo.

En la vasta soledad de su tierra sueña con radicarse en México que por aquel entonces le pareció el puerto donde cuajaban todos sus sueños. Lo logra en 1920. Ya en el nuevo país y la gran ciudad decide presentarse ante Vasconcelos para obtener un puesto. Este lanza un No rotundo. Su belleza da para otras cosas, parece que le dice. Vaya sugerencia. Consuelo se enfurece, lo cual no es obstáculo para, desde entonces, acompañar su gesta educativa y ser su más ferviente admiradora. Se vuelven amantes de aliento largo. Cuando en 1924 Vasconcelos renuncia, y funda La Antorcha ella deviene su íntima. Vasconcelos la describe muy bien en sus obras autobiográficas llamándola a veces, el colibrí. Pequeña, menuda, con carita de inocente, paseará por el mundo cuando Vasconcelos le pague el viaje a París para que esté con él, a pesar de su amante y su esposa. Dame tu alma, le dice un día, No tengo alma, responde ella.

En uno de los viajes de Vasconcelos a América Latina, ella retozando en los salones de moda parisinos se encuentra con otro retozón de las letras y la vida, tan vanidoso como ella: el escritor guatemalteco de moda, Enrique Gómez Carrillo, cuya obra muy admirada entonces y muy olvidada en nuestros días vengo a conocer por mi amigo Víctor Barrera Enderle.

Dos bohemios en apuros, pudiéramos titular este segmento puesto que ella le exige que la trate con decencia y se case con ella, y él, muy libertino, no quiere ceder pero finalmente acepta. Venía a ser su tercera esposa y en poco tiempo se convertiría en su viuda. Gómez Carrillo muere sifilítico al año de su casamiento. Valga para Consuelo que rica y famosa a causa no sólo de la fortuna inmensa que hereda sino del nombre que pudo ostentar como viuda, se dedica a divertirse en grande. Amores con el septuagenario escritor Gabriel D’Annunzio, amistad privilegiada con Maeterlinck, y siempre al amparo de Vasconcelos quien justamente es el que le presenta a Saint-Exupéry, el poeta aviador que la convertirá en condesa.

Como de costumbre Consuelo se hace rogar hasta decir el sí con que sueña Antoine para hacerla suya y encerrarla en su abrazo. Años de pasión, guerras y viajes voluptuosos hasta el trastoque del amor, en donde Consuelo a veces en la soledad más grande mientras él vuela por el sur americano o por África, lo espera con ansiedad o se va de fiesta con algún galán que la requiebra. Las infidelidades se vuelven mutuas. Consuelo resiste porque el gana premios y está de moda. Luego del accidente en donde Saint- Exupéry se pierde en el desierto tras la caída del avión, un nuevo resurgimiento que dura poco. Hasta convertirse otra vez en una viuda famosa con la desaparición del último vuelo de su compañero en plena Segunda Guerra Mundial.

Desde entonces será la estrella que se apaga lentamente hasta su último día en 1979.

Antes fue escultora, estudió Leyes, anduvo un tiempo de periodista, escribió un libro, no obstante su memoria queda por sus amores a los cuales persiguió implacablemente: debe ser un hombre grande, decía, si no tiene fortuna que tenga fama, pero con ambas estaría mejor.

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