Perfil de mujeres

Morante

Con cara de gata, anchas mejillas y apretado el mentón, ojos separadísimos verdes y rasgados, Elsa Morante (1912-1985) escribía versos desde su niñez, pero no fue poeta sino novelista, y marcó récords con ellas, La historia (1974), por ejemplo, vendió 800,000 ejemplares en sólo un año.

La conocí a través de su relación con Alberto Moravia, el gran escritor italiano que caracteriza de alguna manera esa época de posguerra marcada por el escepticismo y La noia, el aburrimiento, título asimismo de una de sus novelas y que engrana con películas como Il sorpasso de Dino Risi con Vittorio Gassman y Jean Louis Trintignant, claves de aquellos tiempos. Detestaba saberse reconocida por su famoso esposo, por lo tanto se hubiera enojado mucho conmigo. Pero este mundo de hombres nos hace, incluso a las mujeres, marcar sus territorios como si fueran los nuestros. Lo entendí más tarde. Entonces para mí como para la mayoría, era sencillamente la mujer de Moravia.   

De familia disfuncional, nunca se supo bien cuál había sido el padre de Elsa, creció en medio de la complicidad con sus hermanos pero pronto se apartó para “vivir su vida” como si fuera otra película, en este caso la de Jean-Luc Godard también de 1962, como la de Risi. ¿Y por qué tanta relación con el cine? Quizá porque Elsa y Moravia habitaron ese mundo y fueron amigos de Visconti y Pasolini, de Zeffirelli y Fellini, Bertolucci y Antonioni. En El evangelio según San Mateo de Pasolini se puede reconocer a Elsa en uno de los personajes mudos de la película. Porque el entrañable amigo de Elsa a lo largo de su vida hasta su separación por cuestiones ideológicas fue Pier Paolo Pasolini.

A la caída de Mussolini en 1943 las cosas parecían arreglarse para la pareja, ambos comunistas y Moravia medio judío, sin embargo los alemanes ocuparon Roma y los fascistas en camisas negras recorrían la ciudad eterna con pancartas donde se leía ¡Viva la morte! Moravia y Elsa se vieron obligados a huir como antes los franceses de París. En una peripecia absurda subieron a un tren hacia el sur y de pronto ya no hubo más viaje. El tren varado en medio del campo sin destino final. Comenzaron entonces un largo viaje un poco a pie y otro poco en burro con sus ropas ligeras y elegantes hasta dar con una comunidad donde nadie preguntó nada. Así es la vida, parecían decir los rostros duros de sus habitantes. Allí pasaron nueve meses esperando que llegaran las tropas aliadas. Comían hierbas silvestres como todo el pueblo, y de vez en cuando oían las bombas caer cerca de ellos. Dos veces fueron su blanco, perseguidos por los aviones de caza. Luego el silencio, la imposibilidad de leer, la pura naturaleza en su entorno creó en ambos, pero sobre todo en Elsa, un mundo paralelo del que ya no se iba a desprender.

Se comentaba que dos escritores romanos vivían escondidos en una choza así que con la entrada de los aliados pronto fueron reconocidos y devueltos a Roma. Ambos escribirían la experiencia vivida en novelas cuyo realismo aborda la fragilidad y la muerte.

Sin embargo, a pesar de tantos años juntos, Moravia y Elsa se separarían. Él declaraba que en realidad nunca había amado a Elsa, y ella confesaba que su gran amor imposible había sido Luchino Visconti. Elsa trató de resarcirse con la sangre joven de un pintor americano, Bill Morrow, quien aparentemente drogado, un buen día decidió volar desde un altísimo ventanal de Manhattan. El desenlace trágico destruyó su último aliento. Desde entonces escribió cada vez menos y se aisló cada vez más. Obras como Mentira y sortilegio, La isla de Arturo, sus cuentos juveniles, sus narraciones para niños, e incluso Araceli, su última obra, habrían de quedar atrás.

Elsa Morante tradujo a Katherine Mansfield y su huella puede verse en su obra, también la de Simone Weil, la filósofa cristiana. Su escritura es sutil como la primera y honda como la segunda.

Según ella hay tres categorías de personas: los Aquiles, sin pasión alguna; los Don Quijote, que viven de sus sueños; y los Hamlet, que todo lo cuestionan. Para ella, Moravia era mitad Aquiles y mitad Hamlet; por su parte, ella misma era Don Quijote.

 

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