Perfil de mujeres

Lydia

Descubrí a Cuba en las orillas del Sena.
Lydia Cabrera

Acaso la orfandad de Teresa, la negra que un día golpeó a las puertas de la casa de su padre, dio a Lydia Cabrera, sin saberlo todavía, el aliento para trazar un camino hacia los misterios de esa raza. Raza que puebla Cuba y hace de ese país una mixtura de ritmos y costumbres. Quizás contribuyó a ello haber estado enferma de niña y ser prácticamente autodidacta, pues tanto entonces como de adolescente no cursó materia alguna en una institución educativa. Se le habrá hecho fácil discurrir por los senderos de los solares cuya religiosidad y magia la sedujeron para siempre. Se le habrá hecho fácil dejarse conducir de la mano por la negra Teresa hasta encontrar la médula del monte y del África milenaria.

Lo cierto que en París, al que llega a los 27 años, se inscribe en la Escuela del Louvre y permanece allí durante tres años. Comienza a escribir los cuentos que la consagrarán, sobre la negritud. Finalmente, en 1936 Gallimard edita Cuentos negros en francés publicados recién en 1940 en su tierra natal. Desde ese momento será el asombro de etnólogos y antropólogos, porque, ¿cómo hace para que los ancianos le susurren sus secretos, cómo hace en el campo y por los atajos para que confíen en ella? Lydia va y viene entre Cuba y París, donde reside largo tiempo. En uno de sus regresos lleva a García Lorca a regocijarse con ella en los ritos afrocubanos.

Pero no le basta. Alrededor de los años 50 se lanza a los caminos más ancestrales para rezumar su memoria. En su viaje a la manera de Violeta Parra por las hendiduras de Chile, recoge la entraña de la cultura que la fascina. Los misterios de orishas y ceibas, de la Tierra-Madre, del Árbol-Pueblo, en las voces de los más viejos de su tierra.

Entonces escribe El monte, obra monumental de 600 páginas que la consagra de manera definitiva. Resultado de su infinita paciencia y su profundo amor a un pueblo generoso pero lastimado al que le cuesta confesar sus secretos y al que hay que esperar mucho para que se deschave.

La otra cara de Lydia Cabrera manifiesta la misma elección intraducible a la esfera de la razón. El otro, la otredad también en la propia carne. Es por eso que amará a Teresa de la Parra, la gran escritora venezolana, sin reservas ni límites. La amará tanto como para internarse con ella durante cuatro años en una clínica. Ella misma cuenta que siguió teniendo su taller en París al que realizaba breves escapadas para regresar lo más pronto posible a la cabecera de su amada. Eso y mucho más le confiesa a Gabriela Mistral en una dolorosa correspondencia que da cuenta de su pasión y su calvario.

El mundo de entonces no podía soportar los amores otros, los amores prohibidos. Y si en el hombre fueron motivo de persecuciones y escándalos, las mujeres sencillamente los ocultaban celosamente porque hubieran sido su perdición como creadoras y artistas. Durante largo tiempo tanto amigos como enemigos rechazaron el murmullo de los más suspicaces. Hoy nos llega de otro modo: Lydia Cabrera y Teresa de la Parra, o Gabriela Mistral y Doris Dana.

Generación que se jugó la vida, la de Lydia Cabrera, que inventó los pasos de hoy, que marcó a fuego la índole americana y alargando la cuestión, la índole humana, nuestra propia índole.

Sin embargo, una gran contradicción la de Lydia, al llegar la Revolución cubana, esa revolución hecha de negros, en 1959 saludada por todos los intelectuales del mundo, dejó la bienamada, la tierra de sus cantos, y se radicó de manera definitiva en la Florida. ¿Habrá sido por haber descubierto Cuba en las orillas del Sena?

A partir de entonces poco se sabe de ella. Muere en 1991 a la edad de 91 años.

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