Perfil de mujeres

Juana Manso

La sociedad es el hombre: él solo ha escrito las leyes de los pueblos, sus códigos; por consiguiente, ha reservado toda la supremacía para sí.

Juana Manso


Juana Paula Manso (1819-1875) estudió en la escuela porteña de Montserrat para niñas en Buenos Aires a causa del rango de su familia de origen español pero con claros servicios a la Independencia argentina. Su vida está sesgada por el gobierno luego tiranía de Juan Manuel Rosas. A causa de la persecución a la clase ilustrada cuyos epígonos son Sarmiento, Alberdi, Echeverría, entre otros, los Manso como aquellos, se ven obligados a exiliarse en Montevideo en 1840.

En su nueva condición de exiliada, la jovencita no se arredra y ya se percibe en ella su inclinación a la enseñanza. Para ayudar a su familia da clases de francés y español pero pronto se anima a abrir un “Ateneo de Señoritas” para niñas de la elite.

Poeta y maestra como lo será más tarde Gabriela Mistral, los únicos dones que las mujeres de su tiempo pueden ejercer. Así lo hace Juana en su primera juventud bajo el seudónimo de Mujer Poeta. Sin embargo, es muy corta la bonanza y la familia entera parte para Río de Janeiro, donde ella conoce al violinista portugués Saá Noronha, con quien se casa y tiene sus dos hijas. En busca de fortuna la pareja viaja a Cuba y Estados Unidos. Por este tiempo aparece otra vez su veta educadora al apasionarse por los avances educativos de la sociedad norteamericana.

De vuelta en Río se pone a escribir novelas tratando de hacer en ellas discurso político y justicia social. Al ser abandonada por su marido y tras la muerte de su padre, Juana Manso decide ser quien debe ser. Se vuelve una mujer librepensadora. Ejerce la palabra como tal, juzga, critica, confronta y se define como mujer y ser humano libre e íntegro. Su tarea como editora en la revista Anales de la educación común aparece en 1858 dirigida por Domingo F. Sarmiento, desde entonces el paradigma que ella desea emular. Crea con él la primera escuela para ambos sexos y será largamente vituperada por una sociedad pacata que no ve en la mujer más que su servidumbre.

Todavía hoy se oculta o se niega el aporte al sistema educativo que promovió junto a Sarmiento, a quien se le adjudican todos los avances cuando Juana a su lado con la creación de jardines de infante, el derecho a la educación del niño y la niña, la igualdad entre ambos, la profesionalización docente, las cuestiones metodológicas de la enseñanza acusando prácticas como el castigo y la memorización, y mucho más, resulta imprescindible para reconocer los logros educativos de finales del siglo XIX.

La investigadora Liliana Zucotti señala que “si la tertulia y la velada literaria se inscriben como espacios intermedios entre lo doméstico y lo público, Juana Manso inaugura con mucha dificultad un espacio decididamente ajeno a la casa: la conferencia”. La voz de Manso, ronca y fuerte, alertaba a “las buenas conciencias” sobre una desfeminización de la mujer. La virulenta reacción de las clases altas y supuestamente ilustradas fue el insulto y la burla. Juana no retrocedió un solo paso, y continuó hasta el fin de sus días luchando por la igualdad de oportunidades y su premisa insobornable: en la emancipación del pensamiento está el futuro de la nación.

Ante esta mujer rotunda, hija decimonónica de la fundación de identidades ciudadanas al igual que los más preclaros pensadores del final de siglo en América Latina, la sociedad católica argentina, ella se había vuelto anglicana, le negó la sepultura y por dos días su cuerpo permaneció insepulto.

Hoy, salvo la renovación de su memoria a través de ensayos e investigaciones femeninas, Juana Manso sigue siendo una desconocida. Quien, periodista, conferencista, escritora, educadora, editora, pensadora, trastocara el modelo de mujer que se espera de nosotras sigue invisible. Su voluminoso quehacer en favor de la educación y una ética inclusiva, pueden rastrearse entre los intersticios  de los actos y las leyes masculinas.


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