Perfil de mujeres

Dulce


Regiomontana de pura cepa, con herencia intelectual de la familia de Héctor González, quien nos proveyó de Siglo y medio de cultura nuevoleonesa y quien seguramente hubo de inspirarla para apasionarse por los libros, las letras, la historia del teatro regiomontano, sus salas, sus edificios, la larga marcha de una ciudad que se volvía voraginosa, con el oído alerta a sus sonidos que le gustaban tanto, aquellas sirenas de la Fundidora, me dijo alguna vez, el nacimiento del día, la confabulación de gente, carros y estridencias por las mañanas.

Dulce María González, nacida el 11 de julio de 1958, de quien conozco hondo el modo de sonreír, el gusto por bailar, la pasión por escribir. Llegábamos ambas, yo del DF, antes de Argentina, Dulce de Israel, cuando nos cruzamos en los pasillos de la Escuela de Teatro de la FFyL de la UANL, donde ella daba clases de análisis de texto y yo apenas comenzaba con mis primeras clases de teatro. Creo que desde el primer momento nos miramos con complicidad. Al cabo del tiempo leí Gestus porque hablaba sobre teatro. Luego la he visto vivir hasta su partida.

La historia oficial dice que fue coordinadora del Centro del Escritores de Nuevo León, vocal de Literatura del Consejo para la Cultura y las Artes, becaria del FONCA, y antes becaria del mismo centro donde después sería coordinadora. Maestra de Humanidades de la UANL, y titular, esto me gusta mucho, de la columna Literespacio en la sección Arte del periódico El Norte. Porque allí Dulce creó una manera diversa de promover la lectura, de hacer crítica literaria, de proponer nuevas formas de observar la cultura. Sin embargo, los fríos datos no presuponen el modo que tuvo de amar, por ejemplo. O la devoción por sus hijos. O la integridad de la amistad que tuvo para mí.

Leí Mercedes luminosa antes de su publicación y de la obtención del Premio Nuevo León de Literatura 2003. Comenzábamos a intercambiar lecturas y proyectos. Comenzábamos a darnos cuenta de nuestras afinidades.

Pronto advertí que podía aprender mucho con ella. Las tres novelas que llevo publicadas han sido guiadas por su generosa mirada crítica. Después conocí sus obras anteriores, como Detrás de la máscara de 1993 y Donde habitan los dioses, de 1994.

Nuestra amistad fue el resultado de nuestro viaje literario a través de nuestras obras. Además de su producción, anterior a nuestros vínculos, hubo de contribuir a ella, cada proyecto que traía en sus alforjas y que abría en nuestras periódicas citas en el Café de la Alameda sobre Pino Suárez. Así circularon las voces de su siguiente novela, Encuentro con Antonio, y luego Los suaves ángulos, donde nos tardamos mucho por la complejidad de su estructura, la calidad de sus personajes, por el trastoque de tiempo y espacio, cuestión medular de su manera de engarzar la trama, y porque nunca quedaba conforme con el resultado obtenido. Muchacha de vertientes recónditas, esta Dulce nuestra.

Las últimas lecturas que hicimos juntas de sus textos, fueron, para mi sorpresa, poéticas, me decía que ahora lo que le latía fuerte era el ritmo y la música de las palabras, que no podía salir, tampoco quería, de la expresión sonora de la poesía.

Que había recobrado un universo muy amado, como si volviera a ser adolescente y cantara sus primeros sueños. Algo así. Publica entonces Un océano divide, poesía en colaboración con su gran amigo el artista visual Oswaldo Ruiz. Creo que el poemario que conocí en los últimos tiempos fue publicado post mortem.

Éste es mi homenaje a Dulce María González a un año de su viaje final, me ha costado mucho. Tengo para mí su risa y la tesitura de su voz ronca, la manera suave en que me decía:

"No te preocupes, nuestro ambiente de escritores es mucho mejor de los otros ambientes que has conocido.

No te harán daño". Aquella danza al son de Celso Piña en la gasolinera, camino a ¿Veracruz?...

Escritora regiomontana, artista cuya sensibilidad todavía me conmueve, curiosa periodista de la vida, que decidió partir el día en que cumplía 56 años. Entonces, al recordarla una y otra vez, al abrir mi compu y recibir el esplendor de su sonrisa allí en la pantalla, digo, me digo, los versos de Miguel Hernández: No perdono a la muerte enamorada, no perdono a la vida desatenta, no perdono a la tierra ni a la nada.


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