Perfil de mujeres

Djuna

¿Estás pensando-dijo. No-contestó la chiquilla. Entonces piensa, ¡piénsalo todo, lo bueno, lo malo, lo indiferente; todo, y hazlo todo, todo, todo! Intenta saber lo que eres antes de morir.

Djuna Barnes

 

Djuna, nombre inventado por su padre, nace en EU en 1892. Su escritura es francamente asombrosa por su originalidad y sus procedimientos discursivos. Perteneciente a la pléyade que en París entre las dos guerras gestionaban su fama a fuerza de escándalos pero también de textos semejantes a sus actos: Anaïs Nin, Henry Miller, Gertrude Stein. Los que van más lejos que Hemingway y los Fitzgerald, se adueñan de la palabra indecente y la abren en desnudos gajos.

Nunca fue a escuela alguna, su padre la quiso para él desde el nombre hasta el incesto. No hubo madre para Djuna, sí abuela y poderosa, pero su inteligencia se expandió de tal modo que pronto resultó una periodista excelente a sus poquitos 18 años. Y esa capacidad periodística la lleva a París muy joven.

En Europa va de París a Londres y de Londres hacia el este, hacia el norte, no para nunca, tampoco deja de asombrar con sus maquillajes de todos colores, sus ropas, su aire de niña procaz, sus desatinos.

Su primera obra, Ladys Almanack (1928), se convierte pronto en una especie de manifiesto del lesbianismo activo. Escrita para un núcleo pequeño, sus propios amigos, no obstante alcanza notoriedad por el desenfado del tema y su tratamiento. Y también por ser una reina de la parodia y el cinismo, tanto en su vida real como en el de la ficción, atrayendo así la atención de los más conspicuos representantes intelectuales de la época. Seguramente algo la ayudó su ejercicio de periodista permitiéndole acercarse a Joyce, cuya amistad la enriqueció como ninguna otra, a Ezra Pound, a Charles Chaplin y Samuel Beckett, a Marcel Duchamp y al grupo de americanos famosos residentes en París.

Su apogeo sucede con su obra maestra El bosque de la noche en 1936 con el prólogo de Thomas S. Eliot, quien proclama: “Djuna Barnes ha descubierto su propio dolor, lo ha identificado y le ha dado una palmada en el hombro”.

Obra cuasi autobiográfica, desde el primer momento nadie dudó que Robin Vote, el personaje femenino, es en realidad Thelma Wood. Esa muchacha de 19 años sacudió a Djuna a la sazón de 30. No soy lesbiana, dijo alguna vez, amo a Thelma. Ocho años de delirio juntas, al principio por la comunión del Eros, después a causa de las infidelidades de la jovencita. Salir a buscarla a los bares en medio de la noche, correr en pos de su sombra por las calles parisinas. Entonces Djuna se hace alcohólica.

Sin embargo siempre amó mucho, antes a Putzi, hombre él, luego de Thelma, a Charles H. Ford, 18 años menor. Su carácter agresivo se vio aumentado con el alcohol. Tres años después de su éxito con El bosque… intentó suicidarse.

Como pocas veces sucede en la vida real, tuvo un ángel guardián que siempre la cuidó: Peggy Guggenheim. Fue su amiga durante toda su vida y al ver el grado de descomposición que manifestaba Djuna por crisis nerviosas que la llevaban una y otra vez a clínicas mentales, decidió regresarla a Nueva York al borde de los años 40. Allí su familia la internó, cosa que ella no perdonó nunca. Y allí se quedó hasta su muerte en 1982, en medio del silencio que en su derredor crecía. Es cierto que escribió alguna obra más, pero los tiempos de esplendor habían concluido.

Ryder y La antífona son las dos obras más autobiográficas de Dujna Barnes. Recorrerlas es estremecerse una y otra vez. Las alusiones a la víctima en tanto mujer, la violación, el incesto, el padre grotesco y todopoderoso, la madre cruel y cómplice del estado de cosas. Aun en la parodia y el sarcasmo no deja de ver la familia como despojo y osamenta. Hoy nombrarla es apenas una alusión literaria más. Se han olvidado sus finales abiertos, su atropello al orden canónico, sus ocurrencias verbales, sus imágenes inopinadas. El trastoque de las leyes que vino a romper.

 

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