Perfil de mujeres

Delmira


¿En qué tela de fuego me envolvieron las arañas de nieve de tus manos? ¡Red de tu alma y de tu carne, lía mis alas y mis brazos! -Delmira Agustini

Tomo la D no de Doris tan mentada en estos días para remontarme a la D de Delmira, allá por los albores del siglo XX, quien inaugurara para nosotras la voz impúdica del Eros amordazada hasta entonces. Porque como dice Silvia Molloy, o se era maestra o se era poeta, pero si eras una cosa o la otra debías enarbolar lo que se esperaba de ti: las ternezas maternales, la vocación de la segunda madre, la piedad del servicio al prójimo o, en todo caso, la obediente prudencia a lo que te había sido adscripto como ley y costumbre. Así, todavía no se pensaba en una carne erótica cuando se aludía a la nuestra.

Delmira Agustini rompe este orden de un manotazo, o mejor dicho, con un solo verso. Nacida de familia burguesa en 1886 en el Uruguay pacato y conservador, su vivísima inteligencia demanda de los padres la mejor educación. A los 16 años publicará sus primeros poemas y desde ese momento su voz no dejará de resonar cada vez más airosa, cada vez más enamorada. Un verdadero escándalo que sube de tono con el paso de sus libros hasta Los cauces vacíos, donde se convierte en Eva, otra vez esa primera mujer rediviva que decide comer del fruto del conocimiento, del fruto del árbol de la vida, del bien y del mal, esto es, de la misma libertad que se le concede a los hombres.

En mí debes ser Dios!/ de tus manos yo quiero hasta el Bien que hace mal…

Y en otro de sus arrebatos poéticos: 

Luego será mi carne en la vuestra perdida/ Luego será mi alma en la vuestra diluida/ Luego será la gloria…y seremos ¡Dios!

La sacrílega canta a Dios como su amante, a su amante como Dios, en el lenguaje exaltado del deseo. Lo cierto que tanto fervor erótico la consiente de las mejores voces de la poesía masculina, como la de Rubén Darío, quien al conocer su obra y cartearse con ella, proclama«De todas cuantas mujeres hoy escriben en verso, ninguna ha impresionado mi ánimo como Delmira Agustini, por su alma sin velos y su corazón en flor. Es la primera vez que en lengua castellana aparece un alma femenina en el orgullo de la verdad de su inocencia y de su amor, a no ser Santa Teresa, en su exaltación divina. (…) Cambiando la frase de Shakespeare, podría decirse «That is a woman», pues, por ser muy mujer, dice cosas exquisitas que nunca se han dicho. Sean con ella la gloria, el amor y la felicidad».

Con la misma pasión de sus cantos vive un noviazgo a los ojos de los padres, virginal, mientras una correspondencia clandestina con el mismo novio, Enrique Job Reyes, muestra la intensidad de su juventud desafiante. Este es otro aspecto de su femineidad jugada a pleno, su correspondencia: tanto con el mismo Rubén Darío donde parece urgirlo a una elección sensual, como con el poeta y radical político que es Manuel Ugarte, el latinoamericanista argentino, a quien le envía la carta más apasionada que se conoce de su puño, porque en ella confiesa que el día de su boda con Enrique Reyes su organismo completo estaba con él y lo seguía de lejos, porque, oh ironía, también él era parte de la ceremonia como testigo. Todo ello hecho acto vivo al separarse de su marido un mes y medio después. Y viene entonces la tercera rebelión: primero fue la del lenguaje erótico, luego la de alcanzar la dimensión de Dios, ahora la de completar en la tierra lo que se quiere en la letra. Uruguay había sancionado la ley del divorcio en 1907 por mutuo consentimiento y en 1912 por la sola voluntad de la mujer. Ella es la primera en apelar a esta última, en 1914.

Y sin embargo, sin embargo seguía viéndose clandestinamente con el hombre del cual se estaba separando… ¿Pacto? ¿Juego mortal? ¿Desafío supremo? En el encuentro del 6 de julio de 1914 Enrique la mata para luego suicidarse. Así, Delmira Agustini da el último manotazo a la sociedad de las buenas costumbres y la conciencia en paz. Los grandes titulares de todos los periódicos revelan la magnitud del hecho. Queda para nosotras el regalo de su verso libre e íntegro develando los entramados de la propia carne.