Perfil de mujeres

Clarice

En diciembre se festeja La Hora de Clarice en diversos ámbitos del mundo de las letras. Diciembre es el mes de su nacimiento y de su muerte. De manera que Clarice Lispector (1920-1977) concretó en su propia vida ese extraño plan de itinerarios formales de su obra. Como una línea prevista e imprevista, un sendero que se abre y se cierra, cuyos hilos nos son familiares y al mismo tiempo misteriosos. Así Aprendizaje, una de sus primeras novelas, o la última, La hora de la estrella, antes de la póstuma que no he leído.

Destino cruel por nacimiento, de origen judío, con su madre violada por soldados rusos y su posterior muerte de sífilis, queda huérfana a los 9 años, ya en su país de adopción: Brasil. Destino suntuoso por el alcance de sus letras, publica su primera novela a los 21 años y se casa con un diplomático, Maury Gurgel Valente, a quien acompaña por todo el mundo y con quien concibe dos hijos.

Sin embargo Clarice Lispector resuena y se dilata en América Latina por razones más propias. Su desafío al canon, a la buena letra, su proximidad con Virginia Woolf en el modo de revelar los entramados del adentro en el afuera. Y según Rosario Castellanos, construir la sustancia amorfa, vaciar —en el molde de una anécdota— lo evanescente de una visión. Pero sobre todo, se me ocurre, en esa ferocidad con que rompe la anécdota, no se preocupa de ella, no persigue su desarrollo, sino que la persecución de un lenguaje que toma la delantera la lleva a sobrepasar lo que se espera de la literatura.

En Pernambuco donde finalmente radica la familia, envía al periódico del lugar sus cuentos que por supuesto son rechazados porque no tienen historia, no hay acontecer, el acontecer está en la misma letra, en el sonido de las palabras y su condición sensorial o en el alcance de sus significaciones. Entonces tan pequeña sabe que si quiere escribir será el resultado de la más severa disciplina “me adiestré desde los siete años para tener un día la lengua en mi poder”.

Entiendo que concibió su quehacer literario a manera de salvación. Lo que no es para nada original: en la mayoría de los artistas, crear es nuestra forma de salvación. Sólo que en su caso pareciera que alcanza el paroxismo de salvarse a sí misma por un acto que la pone en vida a totalidad. Prueba de ello es su misma biografía donde, aparentemente, los acontecimientos se reducen a escribir sin pausa. No obstante en 1966 se queda dormida en su departamento, mucho después de haberse divorciado, y sus muros son arrasados por el fuego junto con ella misma. Clarice debe permanecer meses en el hospital porque sus quemaduras son gravísimas. Tanto que pierde casi completamente la mano derecha que no le fue amputada por puro milagro. A partir de entonces se encierra cada vez más en su escritura como una forma, lo sabe bien, de no enmudecer. Pero lenguaje y vida son lo mismo para ella. Si el gesto de vivir se está yendo, se va con ello la literatura, se acaba la palabra. Por eso ha de enmudecer al dejar de escribir, como si al hacerlo invitara a la muerte a llegar.

Curiosamente para mí, su novela póstuma fue traducida al español en 1999 desde Madrid por un amigo, Mario Merlino, nativo como yo de Bahía Blanca.

Como siempre señalo al echar una mirada al material que trato, me quedan de ella sus rasgos escriturales donde pareciera que inaugura el lenguaje, otra vez y otra vez. Me queda su empecinado amor por su país de adopción y su obstinación en escribir incluso con su bebé en brazos y la máquina de escribir sobre sus rodillas. Pero sobre todo se me aparece como la mujer que le da a nuestras letras latinoamericanas la dimensión de un Cortázar o un García Márquez, o ponga usted al famoso que quiera de nuestras letras. Porque es con Clarice Lispector cuando aquí en esta parte del mundo nos legitimamos como escritoras. Como mujeres escritoras auténticamente propias.

Muere en 1977 habiendo entrado en la mudez, de cáncer de ovario. Y todavía hoy no se le ha dado la estatura que se merece. Tengo la impresión que somos las mujeres las permanentes custodias de su herencia.

 

coral.aguirre@gmail.com