Perfil de mujeres

COCO

No es que quiera ponerme a tono con tanta invocación a Coco Chanel. Es precisamente porque los filmes y los relatos son tan románticos, tan míticos, tan ajenos a la vida y obra de uno de los iconos más sobresalientes del siglo XX, y sobre todo a la metáfora que de aquellos tiempos procura el perfil de la gran modista francesa.

El siglo pasado se caracteriza por sus cambios, por el avance de la ciencia, por las vanguardias históricas, por los gritos revolucionarios, por los movimientos populares y estudiantiles, pero sobre todo por habernos hecho comprender que el progreso nada tiene que ver con lo humano, que puede darse en las tecnologías pero no en los corazones. Coco lo aprende rápido.

Nacida en 1883, en un hospicio, y luego de una decena de años colocada por su padre, vendedor ambulante, junto a su hermana, en un orfanato católico, ninguna miseria ni material ni espiritual se le ocultará. Aprende que sobrevivir es decir lo que conviene decir y si de hacer se trata, la fórmula que no falla es hacer dinero. Será antisemita por los tiempos que corren, aprenderá a cantar y bailar de acuerdo a la bohemia de la noche parisina, adulará a viejos y jóvenes haciéndoles creer que cada uno es el hombre de su vida. Se hará amiga de quien la recomiende más, de quien esté dispuesto a regalarle joyas, dinero, propiedades. Pero no recibe todo esto en balde, no se trata sencillamente de su buena fortuna. Si hay genios en la música o la pintura, los hay también a su manera, en el arte de tejer y urdir, que ése es el talento de la Chanel. Su inteligencia le permite configurar, componer, obsesionarse, comparar, desafiar las buenas costumbres, inventar una manera nueva de ser mujer en el vestido, en los zapatos, en los aromas.

A los 20 años, entre su condición de costurera y sus canciones en un café frecuentado por oficiales, se vuelve poco a poco una cocotte, es decir, una mujer mantenida. Lo que le permite olvidar su antigua condición en medio de la opulencia del castillo de su amante. Pero ante todo, le permite advertir qué necesitan las mujeres, qué les falta para ponerse a tono con la época. Y su belleza ayuda a sus fines, pero no tanto como para ser pedida en casamiento. De modo que su amante, Cappel, se casa con quien es lícito hacerlo. Pocos meses después se mata en un accidente automovilístico dejándole a Coco una generosa herencia. Comienza el sueño.

De allí en más su talento se adecua a sus invenciones materiales para hacer de su vida la más lujosa. En 1920 ha logrado trascender con la invención de su vestidito negro y pretende que las mujeres sean libres para ganarse la vida, para amar, para vivir fuera del dominio de los hombres y no resistirse a las aventuras amorosas, incluso homosexuales. Navega sobre la era del jazz con sus diseños andróginos de flapper. Y desde entonces podrá apadrinar las artes, ayudar a sus creadores, codearse con los más famosos, incluso ser recibida por la elite a causa de la moda que siempre va de su mano. Los años 30 la encontrarán flotando sobre su Chanel N° 5, que será el mayor aporte a su fortuna para entonces incalculable.

Pronto el Ritz se vuelve su casa, y cuando los alemanes ocupen París, no será desalojada, y junto con la crema de la oficialidad germana se encontrará noche a noche con colaboracionistas de la talla de Jean Cocteau, y oficiales semejantes a su amante del momento, el espía Dincklage.

Sobrevivirá a todo y a todos, incluso a la denuncia de su colaboración con los nazis. Atravesará Europa de una punta a la otra, no importa cuáles sean las fronteras. A ella le basta su sagacidad y su astucia para darse vuelta en el momento conveniente. Agente de la Abwehr reconocida por la inteligencia francesa, no obstante siguió vistiendo a las mujeres de los presidentes como madame Pompidou y Jacqueline Kennedy. No conoció persecución ni derrota. André Malraux, gran escritor y ministro de cultura en el periodo De Gaulle, opinaba que “en este siglo en Francia hay tres nombres que pasarán a la historia: De Gaulle, Picasso y Chanel”.

Vuelvo a mi introducción, Chanel, metáfora de un siglo en que el poderío atómico y el horror de los campos de concentración y de refugiados, y las diásporas en busca de sustento, valen menos que el oropel de las grandes marcas y el éxito de los negocios, todos al margen de lo humano.

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