Perfil de mujeres

Ángela

Si en Italia la llamaron Angelica di voce e di nome, no puedo imaginar lo que fue su bel canto. Bautizada María de los Ángeles Manuela Tranquilina Cirila Efrena Peralta Castera, nació en 1845 y muere a los 38 años. Quien además componía y tocaba el piano y el arpa, fue, como las heroínas románticas que encarnó, atrapada por el melodrama. En principio, porque su primer matrimonio con su primo Eugenio Castera Velázquez de la Cadena resultó tormentoso y muy desafortunado teniendo en cuenta la enfermedad mental del cónyuge.

Después, por el escándalo que provocó en la sociedad mexicana su romance con el abogado y promotor nacional Julián Montiel y Duarte. Y su posterior casamiento con él cuando ella ya había entrado en coma a causa de la peste que asoló Mazatlán, a donde habían regresado en 1883.

Lo que no tiene nada que ver con las heroínas que encarnó no son sus dramas sino su figura torpe, gruesa, sus ojos pequeños, su boca trompuda y algunos rasgos más que no le daban el menor tinte romántico. Sin embargo, su voz pertenece al jardín de las delicias, al país de las maravillas, y con ello le bastó para conquistar el mundo.

De hogar humilde, vaya a saber cómo hicieron sus padres para darle una buena educación y además una formación musical. Sabemos que componía, recitaba, escribía poesías, tocaba el piano y hablaba francés e italiano. Su capacidad de retención y su curiosidad por su tierra en primer lugar, y luego por el resto del planeta, sugieren una joven de una inteligencia extraordinaria.

Ya desde su primera presentación en público a los ocho años supo de la plenitud que sólo el arte confiere.

Aclamada desde entonces, su padre la ayuda a continuar sus estudios en México en el Conservatorio Nacional.

Y sólo con quince años encarna a Eleonora en la ópera de Verdi Il Trovatore.

Europa le estaba destinada. Sus maestros, su educación, los públicos que desde entonces la ovacionaron, primero en España y luego en Italia, y en este país nada menos que la Scala de Milán donde estrenó una ópera tan difícil por su partitura y su carácter como Lucía de Lammermoor, debían ser de ella por derecho propio, por su talento, su sensibilidad y su increíble tesitura dramática.

Quienes conocemos el repertorio sabemos las dificultades imponderables que presuponen óperas como La sonámbula de Bellini. Pues Ángela parecía destinada a los papeles más complejos y a las partituras más riesgosas. La corte de Víctor Manuel II se inclinó ante ella. A semejante éxito siguieron contratos en diversas partes de Europa.

Regresa a México a pedido del emperador Maximiliano para cantar en el Teatro Imperial Mexicano en 1865. Cuando Maximiliano cae, ella se refugia nuevamente en Europa donde reside otros cuatro años. Es en este periodo cuando se casa con su primo hermano Eugenio Castera. Su regreso en 1871 lo hace triunfalmente puesto que llega con una compañía de ópera con los mejores cantantes europeos. Cosecha aplausos en toda la República. El joven Justo Sierra le ha de componer unas quintillas exaltadas. Sin embargo, su éxito en su tierra natal no le impide regresar a Europa y seguir su carrera de éxitos.

Tres años en México y luego otros tres años del otro lado del Atlántico.

Por fin regresa para estrenar Aída de Verdi en el Teatro Nacional.

Monterrey habría de conocerla al final de su carrera, en el Teatro del Progreso el 27 de diciembre de 1882.

Faltaba muy poco para que la peste la alcanzara en Mazatlán.

No obstante a pesar del itinerario triunfal de Ángela Peralta que hoy observamos con asombro, se vuelve muy difícil advertir su índole, y sólo cabe preguntarse si los éxitos, los vítores, los aplausos, las ovaciones que la hacían salir a escena más allá de toda cifra razonable, la hicieron feliz. La falta de datos sobre su vida personal, la condición desafectada que impone el mundo de la fama y los conciertos, las giras donde nunca se reside en alguna parte, la soledad de los camarines, el vacío después de haber sido aclamada por las multitudes, las cuales regresan a sus hogares y sus afectos. Acaso muy pequeño el instante del regocijo, tan sola la habitación del hotel, vertiginoso el viaje que nos lleva siempre a otro destino. Chi lo sa.


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