Perfil de mujeres

Alaíde

La casa estaba vacía

en la hora de la despedida

y sin embargo quedaban

las cosas de nuestra vida.

Alaíde Foppa


Detenida/desaparecida. Dos términos especialmente sobrecogedores para quienes hemos domesticado su feroz significación. Alaíde Foppa, nacida en Barcelona en 1914, de padre argentino y madre guatemalteca, hizo de su vida un viaje cuyo final trágico no estaba previsto.

La chiquilla que se cría en Argentina y luego estudia en Italia las letras que la impulsarían a soñar un mundo de poesía y cantos, llega a Guatemala, la patria materna en plena efervescencia revolucionaria en 1940. Conoce allí al presidente de ese país con el que establece una relación que dará lugar a su primer hijo, Julio, adoptado después por su esposo y compañero de vida Alfonso Solórzano.

Julio nace en México, los exilios han comenzado para Alaíde. Sin embargo, este país generoso como él solo, le dará la oportunidad de hacerse mujer íntegra y rotunda. Enseña Literatura italiana en la UNAM, funda la revista Fem, quizás la primera revista feminista de su nueva patria mexicana, se vuelve crítica de arte y traductora del italiano y el francés mientras contribuye a la esperanza con el nacimiento de sus hijos, Mario, Juan Pablo, Silvia… y otros hijos que son sus libros de poemas, como Los dedos de mi mano, Aunque es de noche, Guirnalda de primavera.

No se cansa nunca de llevar adelante empresas en las que pone el corazón, lo prueba Foro de Mujer, programa de Radio Universidad o el apoyo a la actividad profesional femenina desde su propia condición de crítica de arte, nada le parece poco para obstinarse en su responsabilidad ética como artista y como mujer. Durante estos años, quizás los más plenos de su vida por el sostén del amor brindado por esposo e hijos, escribe y sueña sin detenerse nunca.

Sin embargo, un buen día advierte a sus hijos Mario y Juan Pablo, impregnados de lo que ella misma había vertido en ellos, el cuidado del Otro, la sed de justicia. Corren los 70, época que revulsiona a los jóvenes y los hace combatir por la esperanza. Ambos vuelven a Guatemala para luchar en el Ejército Guerrillero de los Pobres. También su hija Silvia se hará guerrillera y más tarde ha de refugiarse en Cuba. Década donde Alaíde se fragiliza pero no se achica. Su esposo muere en un accidente y antes o después, llega a sus oídos que sus hijos han sido asesinados por el gobierno represor guatemalteco. Su poesía se vuelve intensamente dolorosa. Se reúne con jefes guerrilleros en Nicaragua, denuncia cada vez más agresivamente los desmanes al otro lado de la frontera sur. 

Y por fin, necesita volver a Guatemala, necesita ser semejante a su prole, necesita saber qué ha sido de ellos, cuáles huellas quedan, y también necesita actuar como antes sus hijos, ir tras los desaparecidos y los torturados, lanzarse en misión secreta que nadie podrá aclarar.  

En el mismo año de su regreso, 1980, es desaparecida. Inútiles las denuncias de los organismos internacionales, las cartas de los intelectuales exigiendo su aparición con vida. Alaíde será un número más de esa infernal lista de desaparecidos guatemaltecos cuya cifra se ha vuelto mítica. 

Pasarán los años antes de una nueva mirada a su desaparición. Su hijo Julio lleva adelante una acción internacional para hallar sus restos. ¿Los habrá hallado? Quién sabe. Los desaparecidos tienen la terrible condición de haber caído en manos de represores que saben hacer muy bien su tarea. Sin embargo, destellan en la oscuridad del olvido contra toda lógica legal haciendo reaparecer su memoria cuando menos se lo espera.

coral.aguirre@gmail.com