Perfil de mujeres

Aimé

Saber quién es uno, es el principio de ser culto… lo aprendí de las abuelas.

Aimé Painé


Aimé Painé (1943-1987) no se pronuncia a la francesa porque es nombre mapuche. Y Painé uno de los apellidos con más resonancias en el sur indígena. Hija de madre tehuelche y padre mapuche, los separaban veinte años de diferencia.

Después de su tercera descendencia, es decir Aimé, su madre deja el hogar para siempre. Dicen que todavía vive en Bahía Blanca. Lo cierto es que ante tal abandono, el padre se desprende de la niña. Es así como Aimé pierde su identidad al ser llevada al Hogar de las Hermanas Misioneras de María en Mar del Plata desde su natal Ingeniero Huergo en la provincia de Río Negro.

Allí se le da lo mejor para una "indiecita del sur", una educación cristiana. Su infancia transcurre en el encierro y el abandono. Nadie la visita, nadie se nombra su pariente o de su sangre.

Entonces se pone a cantar. Todo ánimo o suceso lo convierte en un canto misterioso que nadie comprende. Sin embargo, sus maestros entienden que está dotada para la música y le dan una formación musical académica.

De la música culta lo que la emociona profundamente es el canto gregoriano, las letanías medievales que la conectan con un pasado sagrado que no puede soslayar.

He tenido la oportunidad de observar la semejanza de los cantos gregorianos con cantos judíos y cantos mapuches.

Recuerdo a un amigo a quien le hice escuchar la música mapuche que se emocionó mucho y para demostrarme la conexión me hizo escuchar a su vez antiguos coros judíos. La tristeza del ser frágil y momentáneo que somos se percibe en el tahil, canto sagrado de etnia sureña, acompañado del kultrúm e instrumentos percusivos y de viento.

De modo que Aimé creció sin el canto de los pájaros de su tierra, sin andar descalza por el borde de los ríos, en el mundo de los blancos. ¿Cómo iría a reconocer su origen? Para colmo las monjas tenían la impresión que ser india era como un pecado original.

Al escuchar un concierto sinfónico-coral pensó que ésa era su vocación y se inscribió con mucho esfuerzo en el Coro Polifónico Nacional. Allí cantó durante cinco años pero todavía en el convento supo que venía del Río Negro y sospechó que por eso era negra como, se dice en Argentina, y que a causa de esa piel otras niñas no la amaban.

En el Encuentro Coral Latinoamericano de pronto entendió cuál era su destino de pura pena que le dio que todos los coros que llegaban de otras partes tenían en su repertorio cantos de la tierra y de la gente de esa tierra, y su coro, no. Acaso el grito Mapuchéñimapuché resonó en sus entrañas sin que se diera cuenta. La tierra de la gente es de la gente de la tierra. El canto también. Y fue así como nació Aimé Painé. La cantora mapuche, estandarte sonoro de su pueblo.

Recorrió el sur, aprendió la lengua, exploró cada región donde reconocía las huellas de sus mayores, y poco a poco fue siendo recibida en los toldos mapuches. Las abuelas, las que guardan la tradición y la costumbre la pusieron en contacto con su propia sangre. Y por fin se abrazó largo y fuerte con su legítimo padre de quien se convirtió en amiga y heredera.

Su canto poderoso alcanzó todas las vertientes de su inmenso país. Luego llegaron las invitaciones internacionales, el contacto con públicos diversos, la fascinación de su voz y la exquisita templanza de sus tahiles, los cantos sagrados de su pueblo.

1987 fue su mejor año. Invitada a Europa, en Suiza e Inglaterra tuvo la oportunidad de reunirse con sus hermanos exiliados por las dictaduras de Chile y Argentina. A su regreso la alcanzó la muerte. Estaba grabando un reportaje para la televisión paraguaya cuando se desvaneció mientras cantaba.

El esfuerzo de un cantar tan difícil le produjo la ruptura de una aneurisma cerebral. Poco después entró en coma y ya no se recuperó. El pueblo mapuche la enterró a la usanza de sus antiguas ceremonias.


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