Números al aire

Primera patente universitaria

Después de cinco años de trámites, la Universidad Autónoma del Estado de México, consiguió su primera patente en toda su historia. Esta es para una barra ultra energética de amaranto adicionada con harina de chapulín, amaranto y chocolate.

La contribución de la UAEM, y en específico de los maestros Luis René Santos Rubio y José Armando Esquivel Garrido, del Centro Universitario Valle de Chalco es más que notable, no solo por contribuir a resolver los problemas de desnutrición que tienen los infantes, sino por su grado de persistencia y resistencia.

Para nadie es desconocido lo difícil que resulta llegar a este punto. Y no es solo por la novedad de la invención, sino por el cúmulo de trámites especializados y el tiempo que deben aguantar los investigadores sin desfallecer.

Los números hablan por sí solos y México no forma parte de los grandes generadores de patentes, lo cual no es por falta de ideas y resultados, sino otros obstáculos que a veces termina capitalizando gente de otros países.

Por un lado, los investigadores tienen claro que su función principal es crear, contribuir al conocimiento con soluciones a problemas actuales y futuros. El pensar en registrar y proteger sus contribuciones resulta pesado y los distrae de su labor fundamental, pero al final vale la pena mostrar lo que se hace desde los espacios públicos, con el dinero de los mexicanos.

La otra arista es la dificultad de comercializar o socializar los hallazgos. Por ello llegan a quedarse trabajos guardados en vitrinas. Es cierto que ni los investigadores ni las universidades son empresas, pero es un área en la que deben incidir más fuerte, no solo por el ingreso que les generaría, sino por el aliciente para el inventor y la utilidad para la sociedad.

A veces, o quizá en ocasiones, los consumidores potenciales se deslumbran con lo hecho fuera de México, con aquello que es promovido como una gran maravilla, sin importar el precio ni otra consideración y dejan de lado lo hecho en México.

Ojalá que este no sea el caso. Que los esfuerzos que ha hecho la UAEM por promover la compra de este nuevo producto en instancias gubernamentales tengan eco y sea tomada en cuenta, no solo por su precio sino por su valor nutricional que ya ha sido comprobado y porque está hecha con insumos naturales mexicanos.

Para muchos el primer paso resulta el más difícil pero sin duda es el inicio de un largo camino en el cual pueden salir adelante otras invenciones que tienen listas los universitarios, como es el hilo de sutura con nano partículas de plata, el parche para regenerar la piel de las personas que sufrieron quemaduras, entre otros interesantes trabajos que hay en los centros de investigación.

La utilidad de la investigación no está en duda pero a veces parece no ser sopesada en su justa dimensión, no sólo por quienes definen la distribución del presupuesto sino por la población alejada de las universidades que desconocen todo lo que hay detrás de una barra de amaranto. No es casualidad, es el resultado de una formación académica, de persistencia, de organización, metodología, e incluso de actitud por levantarse ante el fracaso y volver a intentarlo una y otra vez por más inalcanzable que parezca.

Esto y otros logros tienen que hacer voltear a quienes se encargan de hacer política en este país y en esta entidad; verse traducidos en hechos, más que discursos y eso solo implica una cosa: mayor presupuesto a investigación y educación para 2016 y los siguientes años.