Números al aire

Candidatos de segunda

En campaña hay mil 571 candidatos a presidentes municipales y diputados locales. Solo 18, es decir, poco más de 1 por ciento, han debatido o expuesto sus propuestas de cara a los votantes. El resto ha escondido la cabeza atrás del Código Electoral.

El artículo 73 de este ordenamiento señala que los debates de candidatos a gobernador son "obligatorios". Para elecciones municipales y distritales, no; solo se "procurará" realizarlos.

Tal parece que la ley, o mejor dicho, quienes hicieron la norma, ven a candidatos de primera y de segunda. Saben de la falta de capacidad de quienes quieren dirigir un municipio o representar a su comunidad ante la Legislatura.

Los electores también lo saben. Cuántas veces no han visto a un diputado o presidente tropezar en su lectura, incapaz de generar un discurso coherente sin un papel enfrente, imposibilitado para presentar un proyecto, falto para comunicarse con sus gobernados, sin capacidad para tomar decisiones acertadas.

Para no exponerse prefieren no acudir, fingen que tienen una agenda muy abultada y siguen con campañas en corto, saludando a la gente a su paso, tomándose fotografías, promoviendo su propaganda pegajosa, pero nada de cara a los electores.

Un debate no es definitorio de una elección, pero sí da elementos a más de uno para sostener su preferencia, cambiar su voto o no acudir a las urnas, pero sobre todo para exigir cuentas mañana.

Aunque muchos candidatos se preparan, aprenden de memoria sus discursos, son preparados para mirar a las cámaras, hacer los ademanes y gestos correctos con el fin de generar empatía, atraer y convencer; el debate representa el mayor riesgo para cualquier político, aun para los más experimentados.

Un debate, con cualquier formato, permite al ciudadano observar detenidamente a un candidato, ver las actitudes que tiene ante determinado tema, ponerlos a prueba en los momentos de mayor tranquilidad y de mayor presión. Su forma de hablar, entonación y movimientos pueden delatar al más osado.

Es claro que el ganador de un debate no necesariamente representa la mejor opción para gobernar o representar al resto de la población, pero sí da algunos elementos a los electores, los logra involucrar con la campaña, con las propuestas, a meditar la situación de su municipio o distrito y, sobre todo, a quitarse la venda de los ojos respecto a candidatos que todos los días les sonríen en un espectacular, afables, bondadosos y en el momento crucial lo ven gritar, manotear, hacer berrinches indignos de un dirigente.

El gran peso de la campaña recae en el candidato. De lo que comunique verbal y no verbalmente depende mucho la aceptación y credibilidad. El segundo eje es el mensaje: las propuestas. Sin éstas y una trayectoria limpia es mejor seguir saludando a los electores desde una esquina, quedarse en la casa de campaña viendo los debates que tirar por la borda los apoyos que ya tiene en la bolsa.

Las ausencias en los debates no son más que una afrenta y menosprecio a los electores, una falta de respeto, miedo a mostrarse tal cual, soberbia por pensar que su asistencia le sube el raiting a los demás, en pocas palabras: incapacidad plena para gobernar.