La historia en breve

La mesa estaba servida y el Presidente se sirvió

El lunes 12 de agosto, día que el presidente Peña Nieto daría a conocer su iniciativa de reforma energética, propuse aquí que la mesa estaba servida para conseguir una reforma de a de veras. Que era cosa de reconfirmar con la sumadora que PRI, PAN y Partido Verde aportaban 75 por ciento de los votos en el Senado y la Cámara de Diputados, cuando solo se necesitaban 66. Que era cuestión de que el Presidente, sus asesores y partido avanzaran.

Porque había dudas sobre qué quería en realidad el Presidente. ¿Reconocimiento incontrovertible por una reforma titánica? ¿Acreditar que estaba sacando a México del estancamiento, el aislamiento y la frustración? ¿Dinero urgente para las afligidas finanzas públicas, dinero para cumplir las responsabilidades sociales? ¿O mantener, costara lo que costara, el acuerdo tripartita que le daba navegación a la política nacional?

Concluí que, decidiera lo que decidiera, “el único lujo que no puede darse es perder, dejar la impresión de que será el cuarto mandatario en fila que se plantea hacer todo y hace muy poco”.

La circunstancia septiembre-diciembre ayudó. Para dar sus votos, el PAN, agraviado por la reforma hacendaria, exigió cambios más agresivos (100 por ciento de posibilidad a la inversión privada en exploración, producción, refinación y petroquímica), que terminaron por configurar la que, quizá, era la reforma soñada por el gobierno.

El gobierno avanzó y la aritmética no falló: 77 por ciento de los votos en el Senado, 73 por ciento en Diputados.

Además, bien a bien, ni siquiera hubo protesta. Chapó. Y buen provecho.