La historia en breve

Un desilusionante primer año

El gobierno de Enrique Peña Nieto ha sido incapaz de mejorar los dos temas más sensibles para los ciudadanos. No hay más empleos bien pagados. No hay más seguridad y tranquilidad. La economía sigue empantanada. La actividad criminal sigue incontenible.

Incluso el principal logro del régimen peñanietista, el tránsito del México del encono al del acuerdo, se volvió precario en los últimos meses tras la expansiva protesta contra la reforma educativa, las heridas por la manera en que se impuso la reforma hacendaria y la multiplicación de casos en que se habría pactado, o tolerado, arreglos con grupos a quienes el nuevo gobierno debería tener a raya: de sindicatos corrompidos a autodefensas.

Tampoco llega en buen estado a diciembre la imagen que acompañó el arranque de la administración, esa que afirmaba que sí sabía operar, gobernar. Dos botones de muestra: los extraños (por decir lo de menos) manejos del gasto público y la progresiva percepción de que las aclamadas reformas carecen de un proyecto para aplicarse.

El Presidente, sin duda, le ha conferido sobriedad al cargo. Ha manejado un apreciable lenguaje de moderación y conciliación. Y ha tenido especial cuidado en no andar provocando a nadie. Pero en paralelo ha encaminado, o consentido, acciones y presiones de sus colaboradores que poco tienen que ver con las buenas artes democráticas.

Ni el país político, pues, es tan terso, ni se ha podido acreditar la imagen de un gobierno eficaz, resuelto, tolerante.

El balance tiene que ser desilusionante. Sobre todo por la expectativa que el propio gobierno supo producir en el empiece.